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Síntoma.

Despacio se asomó por la ventana: nada, ella no estaba ahí; la noche era fría y el ambiente olía a madera quemada. Encendió un cigarrillo y se puso a pensar que hubiera sido bueno asomarse y verla ahí parada, atendiendo a algún cliente, acomodándose la cabellera negra y lacia con sus manos pequeñas y un poco huesudas. Hubiera querido ver su cara muy blanca, marcada en el centro por una boca que era demasiado pequeña, su cuello delgado que a veces encorvaba, sus orejas pequeñas, su nariz un poco grande.

Sabía que a ella no le hubiera dado el mismo gusto verlo a él, pero igual lo miraría con esa sonrisa que le hace sentir una marejada en el estómago. A fin de cuentas era mejor no haberla visto; si seguía así, terminaría volviéndose una adicción: llegaría un momento en que no podría respirar si no mirase esa cara, ese cuello, esos hombros…

Caminó una cuadra y de pronto notó que el cigarro se había terminado, «Demasiado pronto» pensó. Llevó rápido ambas manos al cuello, aflojó la corbata, desabotonó la camisa y se secó el sudor, no había podido mirar esa cara, ese cuello, esos hombros; pronto se le iría la respiración. Él lo sabía bien, siempre que no lograba verla, ocurría lo mismo.

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