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Archive for 23 marzo 2012

Toco tu nombre

marzo 23, 2012 4 comentarios

Toco tu nombre; estiro la mano y lo toco, es así de simple. El mundo puede comenzar a desgajarse, todos los muros de la ciudad pueden caer de manera simultánea, pero yo no dejo de acariciarlo. Tus orejas, tu cabello, tus ojos de ave domada, todo, toda tú eres un pasaje; tocar cada parte de ti, besar tus manos, rozar tus mejillas con mis manos frías, oler tus ojos de fuego como una marea tan salvajemente hermosa, tocar tus hombros delgados es tocar tu nombre y abrazarlo y besarlo y fundirme con él. Cada instante, cada segundo junto a ti voy acercándome, voy rozándolo y acariciándolo; apenas te vas y me quedo ahí tirado, sin tocarte, sin tu nombre, sin ti…

Comienzo despacio, muy despacio, sólo roces y eres una A y yo la toco; eres Alas, eres Amor, eres Amarillo, eres Algodón, eres Ámbar y yo puedo tocar la A, la primer letra de tu nombre; vuelo y me ahogo en alcohol (también eres Alcohol). Sigo rozando tus manos con las mías, sigo respirando tu mundo junto a mí. Y una L. Eres Luna, eres un Lago, eres Locura, eres ele, eres La, La menor, eres Luz. Eres Luz, sobre todo luz; la luz del camino, la luz de la noche, la luz de tus manos sobre mis manos, de tu nombre sobre mi nombre. Y de pronto, sin decir nada, eres una E y yo toco la E. Eres Estrella, eres Entrada, eres Elástica y Etérea, eres Esperanto, eres Eterna. El tiempo sigue y yo sigo, sigo mirándote; un roce, con la punta de los dedos, de tus cabellos claros como algo inexplicable, como una antimateria inalcanzable. Sigo pendiente de tu nombre y de pronto eres una S. Eres Sol, eres Silicio, eres Sudestada, eres Soledad, eres Sal, eres Salvación, eres Silencio (mucho silencio), eres Saliva. Las horas se consumen como alcohol mientras yo sigo tocando tu nombre, que avanza y me va dejando un estremecimiento en la barriga, una náusea porque ya sé lo que sigue; el final nos lleva de vuelta al principio. Eres A, otra vez. Eres Amor, eres Amarillo, eres Ámbar otra vez, pero esta vez también eres Amargura, porque sé que tu nombre ya termina y ya te estás alejando de nuevo y sólo me va quedando el recuerdo de tu nombre entre las manos y de tu piel casi amarilla. Y ya comienza la espera, la espera del momento en que vuelvas y vuelva a tomar tus manos y mirar tus ojos; y la espera quema, quema como un fuego rojo tan salvajemente dulce que avanza por todos los flancos y me deja sin salida. Y la espera termina cuando vuelves y yo tomo tus manos y miro tus ojos y estoy otra vez tocando tu nombre, tocándolo todo y temiendo tu partida y la espera otra vez quemando hasta que vuelvas y así sucesivamente…

La noche de los fuegos

marzo 23, 2012 Deja un comentario

La noche parecía iluminarse por la luz del fuego, la luna parecía teñirse del rojo ceniciento de las grandes hogueras que iban avanzando y lo consumían todo. Esa noche las casas, las tiendas, los bares, todo ardía, un incendio tras otro se sucedía en la ciudad y nadie lo podía entender; los camiones de bomberos corrían por todas las calles llenas de humo y calor, en el cielo se alcanzaban a ver unas cuantas estrellas, lejanas, rojas. Toda la ciudad se hundía en un gemido de gente y fuego tan espectral, casi infernal.

Mientras tanto él, ajeno a todo lo demás, contempla las estrellas y piensa muy feliz en ella…

Casa sola.

marzo 16, 2012 5 comentarios

Cuando Natalia me dijo que fuéramos a su casa saliendo del colegio, me quedé inmóvil; dijo que no habría nadie, completamente sola. Ahí estaba yo, enamorado de ella como un cretino, escuchándola hacerme esa proposición. Incluso pensé en que nos saliéramos del colegio antes de entrar a laboratorio de Física, a las doce, para tener más tiempo a solas; pero ella no quiso, dijo que no fuera impaciente. Desde que entré al colegio, hace casi tres años, me enamoré de ella tan grave, tan fuerte como sólo se enamora un chico de secundaria. Esperé tanto tiempo para acercarme a ella, para hablarle; trabajé tan lenta y cuidadosamente en la confianza, en la amistad y ahora, más de dos años después, ahí estaba a punto de perder con ella mi virginidad, con todo y mis catorce, casi quince años a cuestas. No dejaría que la impaciencia arruinara todo, podría esperar una hora más.

Cuando salimos de la clase de Inglés, ella se acercó a mí con toda la voluptuosa personalidad de una chica de quince años y me dijo muy bajo, al oído: «no va a haber nadie, completamente sola…», sólo eso fue necesario para ponerme la piel como de gallina. Se fue caminando con dirección al laboratorio de Física mientras yo me quedaba como un perfecto imbécil viéndola caminar. Completamente sola, era como una tierra prometida, una ilusión casi inalcanzable, un paraíso jamás comparable con cualquier satisfacción efímera, la perfección; la casa completamente sola era como una promesa impostergable, el sumo honor merecido. Claro que, a esa edad, poco hubiera sabido cómo aprovechar una casa completamente sola, una cama amistosa, pero lo importante no era eso, no era usarla bien o usarla mal, lo importante era poseerla, alcanzarla, conquistarla. Lo importante era estar los dos completamente solos en la casa, aunque después no supiera qué hacer, aunque actuara como un estúpido.

Cuando terminó la última clase, sentí que el corazón se salía a través del uniforme y las rodillas comenzaban a temblar. Ella me miró y sonrió, ya casi. En realidad, yo de sexo sabía sólo lo que me había contado el Méndez (él ya lo había hecho), la gran mayoría era una duda para mí; pero no importaba: la casa completamente sola era como una promesa, una promesa de que nada, completamente nada iba a salir mal, era como un cielo ganado a costa de sacrificios y oraciones y diezmos. Se acercó a mí y salimos del colegio, caminamos por la Calle Mayor al sur (siempre al sur) con rumbo a su casa. Durante el camino hablamos poco, sólo para comentar alguna tarea y de vez en cuando yo le preguntaba «segura que no habrá nadie?» y ella me decía «completamente sola…». Yo sabía que no habría nadie, pero le preguntaba nomás por puro hedonismo, para volver a escuchar la promesa de perfección, nadie completamente. Llegamos a la callecita de su casa, no había nadie; llegamos al zaguán, completamente solo; parados frente a la puerta, ni una sola alma.

Cuando entramos me quedé helado, inmóvil. Nunca la realidad había sido tan abiertamente decepcionante. Cuando entramos a la casi vi que era cierto: no había nadie, completamente sola. No estaba ella, ni siquiera estaba yo…

Sus ojos se cerraron.

marzo 16, 2012 2 comentarios

A partir de ahí no había vuelta atrás, después de ese día nada volvería a ser igual; en ese momento, el mundo tal y como lo conocía daba un giro irreversible y repentino, y nada podía hacer él para evitarlo, no servirían sus llantos o sus suplicas esta vez. En sólo unos segundos, su realidad cambió salvajemente, fue tan rápido que nadie lo hubiera visto acercarse. Sus ojos se cerraron y nadie pudo hacer nada, todos estaban tan inmóviles. Sólo unos segundos de ruido antes de volver al silencio infranqueable.

El viento soplando dulcemente, el olor a fruta inundando las calles, su delgada figura moviéndose con gracia sobre el pavimento mojado, el sonido de los vagones avanzando sobre las vías, el sol tibio que no quema demasiado, una sensación de infelicidad en la barriga, la gente caminando tan indiferente a ellos, todo se había unido en ese momento eterno que cambió todo. El trataba de comprender lo que pasaba, por qué ella le hacía esto; ella se limpiaba las lágrimas de la cara mientras comenzaba a olvidar los momentos en que él la hizo feliz, ahora empezaba una vida nueva y todo eso no tenía lugar ya. El no sabía qué hacer, qué decir, sólo estaba impávido escuchando esa voz, que apenas tan poco tiempo atrás lo hacía feliz, decirle que ya no había nada, que todo había terminado, que las cosas ya eran diferentes. El viento soplaba y mecía su larga melena negra que él había acariciado tantas veces antes con esas manos amargas que ahora sentía que quedaban más secas que nunca. El olor a fruta inundaba las calles y sus ojos se cerraron. El ruido de los trenes que avanzaban sobre las vías era cada vez mayor, a cada momento se alejaba la voz de ella, delgada; los vagones corrían rápidamente junto a ellos y cada vez se dificultaba más poder hablar, de todos modos, todo estaba dicho ya. Ella bajó la mirada mientras se limpiaba unas lágrimas que le parecían tan extrañas, tan lejanas a su realidad, parecía que su llanto fuera sólo por compromiso y aún así no podía detenerlo, no podía dejar de sollozar; él no podía dejar de mirarla preguntándose por qué hacía eso…

Preguntándose por qué daba media vuelta dispuesta a no volver más, por qué ese tren acercándose hacía tanto ruido, por qué el aire se respiraba tan raro, por qué ella resbalaba sobre el pavimento mojado. Nadie hubiera adivinado que confesarle que su amor terminaba era lo último que ella haría antes de la caída. El viento, el olor a fruta, el ruido del tren, el sol y la gente se unieron en ese eterno segundo en que el cuerpo frío y apresurado del tren se hizo uno con ese otro cuerpo, pequeño y tibio que no comprendía lo que estaba ocurriendo. Sus ojos se cerraron y el mundo seguía girando. La vida siguió su curso olvidándose del hombre parado ahí junto al cadáver en el andén; el mundo seguía avanzando sin dar vuelta atrás y nada sería igual ahora que todo terminó, ella ya no estaba y él seguía ahí sin saber por qué. Sus ojos se cerraron y el mundo sigue girando. Quizás deba ser así.

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