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Archive for 2 abril 2012

Suspendida, marchita

abril 2, 2012 3 comentarios

El transatlántico partió a las once, hora en que las gaviotas, presintiendo el mediodía, volaban muy bajo hasta casi rozar el mar y se mezclaban con la gente que deambulaba sin rumbo fijo sobre el apolillado Puerto Soledades.

El alma de Ernestina lloraba, se quebraba, se volvía a armar, danzaba triste y frágil con las gaviotas del puerto, se destrozaba de nuevo; las manos sostenían torpemente un pañuelo blanco percudido, los labios temblaban irreparablemente, el viento alborotaba su larga cabellera ondulada y hacía volar su vestido blanco cadenciosamente. Sus ojos, llenos de lágrimas, contemplaban impotentes el transatlántico que se dibujaba apenas, sutilmente, sobre la línea del horizonte y dejaba su estela ondulante en el mar verde de las costas viejas y melancólicas de Ciudad Portigâo mientras se alejaba con destino fijo aunque un tanto incierto. Ernestina sentía una gran pena, una opresión en el pecho que no la dejaba respirar; un nudo le cerraba la garganta, las lágrimas le nublaban los ojos, el corazón ardía, como un fuego joven que parecía incendiarla como un leño viejo y seco. Había llegado tarde, había faltado a la despedida llena de clichés, sobre el puerto, con un pañuelo en las manos, con el llanto, los abrazos mutuos, con la promesa (ella sabía que serían sólo palabras) de que le escribiría, con el “cuídate-mucho” y el amargo beso final. Ahora todo había quedado así, suspendido, inconcluso, detenido en el tiempo por mil años en los que ella sabe que él no volverá. Así queda ella, detenida en el tiempo, inconclusa, frágil, en espera eterna, marchita. Ni siquiera pudo despedirse, darle un abrazo último, decirle que no se preocupe, que ella estaría bien (aunque supiera que es mentira), atarle su mascada al brazo para que la recordara cuando estuviera en altamar; ni siquiera pudo contemplarlo una vez más, la última, conservar su imagen, guardarlo para siempre en su memoria para volver a verlo cada que cierre los ojos y sentir la brisa de la playa de nuevo.

Ahora Antoine estará en altamar conociendo gente y lugares nuevos, gente y lugares que nunca hubiera conocido de haberse quedado con ella, sintiendo el viento joven del Atlántico en el rostro por la tarde, comiendo criaturas recién pescadas con galletas saladas en el gran comedor, contemplando el cielo mediterráneo, el cual dicen que es el más hermoso cielo que un hombre pueda ver. Y dentro de todo eso, dentro de ir y venir a bordo del transatlántico, dentro de ese conocer gente y lugares nuevos, dentro de las comidas en el gran comedor, dentro del cielo mediterráneo, Ernestina sabía que él no tendría tiempo para pensar en ella, para recordarla, para sentir algo. Ahí en medio del mar, cruzando el mundo, nunca recordaría que hay una mujer en Ciudad Portigâo que piensa en él con el alma rota y las manos trémulas. Tal vez algún día, pasados muchos años, recordaría casi por accidente a una chica delgada, morocha y linda que había conocido en alguna ciudad cuyo nombre no recordaría; pensaría en ella dos segundos y después seguiría con su vida tan alegre como siempre. Ernestina es muy consciente, no sueña, no se fabrica esperanzas falsas; ella sabe que Antoine no piensa en ella, no cierra sus ojos y puede verla, no anhela volver a su lado, no la necesita, no despierta en las madrugadas ardiendo en fiebre y llamándola a gritos; tal vez ni recuerde que existe.

Mientras tanto ella sigue ahí, esperando, en el Puerto Soledades de Ciudad Portigâo, inmóvil. Ahí, inconclusa, frágil, detenida en el tiempo, esperando por siempre, suspendida, marchita…

Intentos

abril 1, 2012 2 comentarios

Tiene pereza, pereza de moverse, ni siquiera quiere mirar el reloj, le da pereza; al menos sabe la fecha en que está, si no, peor para él (el calendario está aún más lejos), miércoles, miércoles quince, miércoles, miedo, mirada, mientes, mierda, mucha mierda…

Miércoles quince, que pereza, un día completamente normal, común y corriente hasta el más mínimo detalle (en cada mínimo detalle…), pereza pura, pureza pera, peraza paru, bah… Todo tan soberanamente plano, sin relieve, tan igual, tan lo mismo, el trabajo, la casa, los clientes…

Un día normal, muy normal, tan normal que de pronto, de la nada, le pegaron las ganas de pegarse un tiro y olvidarse de todo, sobre todo de que alguna vez estuvo vivo; a ver si así podía salir de su rutina enfermiza, al menos un poco, al menos por un rato…

El momento decisivo, el que tanto esperaba, toda su vida había esperado un momento tan decisivo como ése y nunca, tal vez, estaría ante uno. Tan simple, tirar del gatillo, tan simple y tan decisivo, tan simple y tan hermoso, tirar del gatillo nomás, el resto se daba sólo. ¿Será normal dudar en un momento así? ¿Será normal un poco de miedo en esos momentos? ¿Serán normales unas extrañas y repentinas ganas de vivir? Dudaba y sin embargo no quería dudar, era el momento más decisivo de su vida y esas dudas no eran lo más correcto. Respirar, aire, un poco de aire, olor a mierda, mierda, mucha mierda en un momento así de decisivo. Sin un temblor de más, decidió entregarse y pegarse el tiro, un rápido saludo al gatillo y adiós.

Sabía de sobra que el destino a veces se reía en su cara, patadas en el culo por parte de la vida, el fracaso tan familiar para él ; sin embargo, nunca pensó encontrar a su fracaso tan conocido en ese momento, no en ese momento tan decisivo y tan crucial como no había ocurrido ningún otro en su vida. Otra bala, otro fracaso, de nuevo y de nuevo el fracaso…

Las balas, la soga, el gas, la daga, aquel martillo en la cabeza, ¿es que nada pensaba funcionar? Comenzaba a alterarse y quiso probar las balas de nuevo, pero ya se las había acabado, su desesperación creció más, era una angustia infinitamente feliz ya para el décimo intento de acabar con todo. La calma y la angustia, la paz y la desesperación, todo muy nuevo para él; no podía pensar con claridad, no recordaba la hora, no recordaba la fecha, no recordaba que eran las tres menos veinte, no recordaba que era miércoles quince de abril, no recordaba nada de nada…

No recordaba que es bien sabido por todos que el miércoles quince de abril a las dos con cuarenta minutos exactamente, la muerte tomaría unas pequeñas y merecidas vacaciones. Ahora a esperar que terminen; mientras tanto la pereza y el miércoles y la mierda y todo eso por un rato más, al menos por un rato más…

El tiempo es eterno

abril 1, 2012 2 comentarios

Miró el reloj, las ocho en punto; el tiempo le parecía eterno, cada segundo se sentía como meses navegando sin un rumbo, perdido en el mar esperando el día de volver a tierra firme y reencontrarse con las personas y los lugares que se dejaron hace tanto tiempo y que siguen iguales, como si se hubiesen detenido en ese momento de la partida y estuvieran sólo esperando el regreso del viajero para seguir con el curso de su vida tan normal. Cualquiera podría pensar que es puro palabrerío, que debe ir al grano; pero él no lo haría, necesitaba irse por las ramas, divagar mucho para que pasara el tiempo, el cual le parecía eterno.

No quería mirar el reloj, sabía que no habría cambiado nada desde la última vez que lo consultó, pese a lo cual sentía que habían pasado horas. De pronto le pasaba que no sabía por qué le ocurría eso, por qué ese trabajo de telefonista lo hacía sentirse tan estúpidamente atrapado y tan rotundamente claustrofóbico; no creía que alguno de sus compañeros comprendiera mínimamente lo que él sentía, cuando volteaba a los lados veía que todo mundo cumplía con su trabajo sin problemas, nadie se quejaba, todos parecían resignados y contentos, aceptando a hombros encogidos esa rutina para él tan vacía.

De nada servía divagar, perder el tiempo, nunca pasaban más de dos segundos y seguía metido hasta el cogote en ese ciclo que comienza y termina con la misma pereza de siempre y que no parece tener la más pequeña intención de cambiar. Hasta este punto todos hemos notado que le gusta divagar, busca la manera más larga de decir las cosas y así es siempre, habla lento, escribe lento, se sienta blando en la silla a hacer los registros de datos de clientes esperando que avance el reloj y pueda largarse de ahí. Cada pequeña palabra que brotaba de sus labios estaba repleta de ese interminable sentimiento de hastío e indiferencia que lo inundaba a tal grado que era imposible que los clientes no se dieran cuenta que ahí había un hombre deprimido y enfadado haciendo un trabajo rutinario que no disfrutaba, con la cara amarga, los labios rígidos, vestido preferiblemente de gris o café y que temía mirar el reloj. Y en eso tiene razón, él teme, le aterroriza mirar su reloj de pulsera, pensar en la idea de consultarlo le resulta abominable porque ya sabe lo que va a pasar, sabe que sin importar nada, las manecillas seguirán inmóviles; la idea del reloj en la misma posición le hace temblar las manos de por sí ya trémulas y flaquear esa voz áspera de garganta seca. Terror, cada que pensaba en mirar el reloj, un sudor frío le recorría toda la frente.

Él trataba de huir, salía al baño (siempre cuidando de no mirar el reloj de pared), se levantaba a tomar más agua, alargaba las llamadas por una eternidad (si era posible, por dos eternidades), rogaba al cielo que ya terminara el suplicio, sentía que nunca iba a terminar la jornada y no terminaba de lamentarse por haber entrado a ese trabajo (autopatada en el culo).

Qué pasaría si de pronto se largara? Si solamente se levantara y se saliera y mandara todo al quinto carajo y nunca más volviera a ese lugar. Siempre le ocurre que se va en sus fantasías (practica que nunca ayuda suficientemente a pasar el tiempo), se pierde en el momento en que está más desesperado, casi todo el día lo transcurre en esa delgada línea que divide a un estornudo de la demencia total, la locura que consume completamente por dentro y hace que salte sobre las mesas y destruya las paredes y a los compañeros de trabajo y lance hojas al aire y patee teléfonos y supervisores por igual.

A fin de cuentas, miró el reloj: ocho quince, ya era un avance, apenas hace un año el reloj marcaba las ocho en punto y el tiempo le parecía eterno…

Paraíso

(Muy bien, antes que nada, la historia.
En 2009, para celebrar el aniversario 120 de Tijuana (mi ciudad), el ayuntamiento convocó a un concurso de escribir relatos sobre la ciudad de 120 palabras. Esta fue mi aportación.)

A los dieciséis años salió del pueblo con rumbo a Norteamérica; era el sueño de todos los jóvenes del pueblo que escuchaban las historias de los hombres que partieron con rumbo a Norteamérica. La mayoría moría antes de llegar a la frontera, pero los que lograban cruzar, eran leyenda. El creció oyendo las leyendas y deseaba superarlas, llegar más lejos.

Cuando llegó a Tijuana a salvo supo que sería leyenda en el pueblo. Pasarían unas horas ahí antes de cruzar, pero algo en la ciudad era tan único, tan dulce, tan salvajemente hermoso que él supo que nunca más se alejaría de ese lugar. Ahora tiene ochenta años y es leyenda en su pueblo: cambió Norteamérica por su propio paraíso…

(Por razones del concurso tuve que reducirlo bastante del borrador inicial, pero pronto subiré la versión completa.)

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