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Suspendida, marchita

El transatlántico partió a las once, hora en que las gaviotas, presintiendo el mediodía, volaban muy bajo hasta casi rozar el mar y se mezclaban con la gente que deambulaba sin rumbo fijo sobre el apolillado Puerto Soledades.

El alma de Ernestina lloraba, se quebraba, se volvía a armar, danzaba triste y frágil con las gaviotas del puerto, se destrozaba de nuevo; las manos sostenían torpemente un pañuelo blanco percudido, los labios temblaban irreparablemente, el viento alborotaba su larga cabellera ondulada y hacía volar su vestido blanco cadenciosamente. Sus ojos, llenos de lágrimas, contemplaban impotentes el transatlántico que se dibujaba apenas, sutilmente, sobre la línea del horizonte y dejaba su estela ondulante en el mar verde de las costas viejas y melancólicas de Ciudad Portigâo mientras se alejaba con destino fijo aunque un tanto incierto. Ernestina sentía una gran pena, una opresión en el pecho que no la dejaba respirar; un nudo le cerraba la garganta, las lágrimas le nublaban los ojos, el corazón ardía, como un fuego joven que parecía incendiarla como un leño viejo y seco. Había llegado tarde, había faltado a la despedida llena de clichés, sobre el puerto, con un pañuelo en las manos, con el llanto, los abrazos mutuos, con la promesa (ella sabía que serían sólo palabras) de que le escribiría, con el “cuídate-mucho” y el amargo beso final. Ahora todo había quedado así, suspendido, inconcluso, detenido en el tiempo por mil años en los que ella sabe que él no volverá. Así queda ella, detenida en el tiempo, inconclusa, frágil, en espera eterna, marchita. Ni siquiera pudo despedirse, darle un abrazo último, decirle que no se preocupe, que ella estaría bien (aunque supiera que es mentira), atarle su mascada al brazo para que la recordara cuando estuviera en altamar; ni siquiera pudo contemplarlo una vez más, la última, conservar su imagen, guardarlo para siempre en su memoria para volver a verlo cada que cierre los ojos y sentir la brisa de la playa de nuevo.

Ahora Antoine estará en altamar conociendo gente y lugares nuevos, gente y lugares que nunca hubiera conocido de haberse quedado con ella, sintiendo el viento joven del Atlántico en el rostro por la tarde, comiendo criaturas recién pescadas con galletas saladas en el gran comedor, contemplando el cielo mediterráneo, el cual dicen que es el más hermoso cielo que un hombre pueda ver. Y dentro de todo eso, dentro de ir y venir a bordo del transatlántico, dentro de ese conocer gente y lugares nuevos, dentro de las comidas en el gran comedor, dentro del cielo mediterráneo, Ernestina sabía que él no tendría tiempo para pensar en ella, para recordarla, para sentir algo. Ahí en medio del mar, cruzando el mundo, nunca recordaría que hay una mujer en Ciudad Portigâo que piensa en él con el alma rota y las manos trémulas. Tal vez algún día, pasados muchos años, recordaría casi por accidente a una chica delgada, morocha y linda que había conocido en alguna ciudad cuyo nombre no recordaría; pensaría en ella dos segundos y después seguiría con su vida tan alegre como siempre. Ernestina es muy consciente, no sueña, no se fabrica esperanzas falsas; ella sabe que Antoine no piensa en ella, no cierra sus ojos y puede verla, no anhela volver a su lado, no la necesita, no despierta en las madrugadas ardiendo en fiebre y llamándola a gritos; tal vez ni recuerde que existe.

Mientras tanto ella sigue ahí, esperando, en el Puerto Soledades de Ciudad Portigâo, inmóvil. Ahí, inconclusa, frágil, detenida en el tiempo, esperando por siempre, suspendida, marchita…

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  1. Julio Santizo Coronado (Facundo)
    abril 3, 2012 en 1:38 am

    Elimina el anterior y escribe: Como toda una Penélope a la espera de su Ulises.

    • abril 3, 2012 en 10:54 pm

      Listo. Gracias por darte la vuelta. Yo leo ya mismo tu nueva entrada. Saludos

  2. abril 11, 2012 en 1:53 am

    Muy bueno. Es original, pero aún así no deja de recordarme al Titanic, aunque claro con la visión desde el otro lado del charco. Me gusta 🙂

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