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Haga como si todo fuese fantasía

julio 6, 2012 1 comentario

Despierta muy temprano, a las seis en punto, abre el ojo derecho un segundo antes de que suene su alarma. Tantos años de despertarse a la hora exacta logran eso. Su cabello luce impecable al comenzar el día, levántese, siéntese sobre la cama y gire a su derecha. Allá abajo ya se escuchan ruidos, las sirvientas deben ya estar preparando el café y afinando detalles para el desayuno. A su lado respira, aún entre sueños, su esposa. La ropa de noche es de seda, atractiva pero muy conservadora, no debe dar la imagen equivocada, aún en privado. Respira lento, habla bajo, sonríe mucho, opina poco y asiente con facilidad. Es perfecta. Tiene que serlo, usted la eligió; miró todas las opciones en el aparador, comparó, cotejó, una contra otra, cuál lucirá mejor sentada a su derecha, cuál tiene mejor apariencia en fotografías; eligió a la que hablara de la forma más correcta y a la que la prensa apreciara más. Usted la eligió sabiendo que eran una combinación perfecta. Debe ser perfecta.

 

Pero usted ya se levanta, se coloca las pantuflas de lana y camina hacia el baño a asearse antes de que todos despierten, su familia no puede verlo desaseado. Gira sobre sus talones al llegar a la puerta del baño y observa a su esposa, repite como un mantra «Es perfecta» y entra a ducharse pensando que debe ser perfecta, que más le vale serlo, en caso contrario, sería sustituida, ella sería retirada y su lugar sería ocupado por otra más perfecta, como ya pasó antes. Ser desechable es parte de su perfección.

 

El café no está listo aún cuando ya baja a la cocina y sonríe con esa sonrisa amplia, como si se hubiera blanqueado los dientes hace tres días. Su sonrisa deslumbra a todas las sirvientas, las enamora, tal como debe ser. Beba una taza de café mientras la familia ya baja a desayunar y se sientan en la mesa, grande y ordenada, impecable.

 

La mesa es impecable, su casa es impecable, y usted piensa que es lo único impecable que verá en el día. Las calles están sucias, llenas de basura y de coraje, el vómito corre impune por las veredas, las personas gritan, se manifiestan, lo odian.

 

El coche que lo transporta debe estar limpio, como su ropa, como su peinado imperturbable. No baje la ventana, no mire hacia afuera, las calles no le ofrecen una imagen agradable, sólo hay suciedad y gritos que lo insultan, que lo ofenden, que le exigen que se largue. No les haga caso, esas voces pueden ser calladas, usted lo sabe, ya ha pasado antes. Todas esas voces que gritan juntas, todos esos cuerpos que caminan a la par, todas esas personas que lo rechazan son desechables y usted sabe cómo funciona, usted lo recuerda.

 

Es incomprensible y hermoso el contraste que puede haber en una sola ciudad, afuera es un hervidero de ratas que corren y gritan y arrasan con todo a su paso como una plaga maldita, pero adentro del recinto todo es diferente, el suelo muy limpio y las paredes están decoradas con mucho gusto, todos le sonríen, todos lo quieren, son su gente. Aquí está seguro.

 

Alguien comienza a hablar con una voz grasosa y repugnante como de iguana maliciosa; comienza a escupir números, datos llenos de babas, cifras con pedazos de comida, resultados de encuestas que usted sabe que son falsas y tienen los datos todos alterados, pero usted las escucha, necesita escucharlas, y cree en ellas, son como su escoba tras la puerta para ahuyentar a los monstruos que allá en las calles piden cosas tan insolentes como libertad y alimento. Sus ojos se distraen, viajan por todo el salón y atinan a embocar en la ventana, la atraen, la hacen ir a donde está sentado. Esa voz repugnante guarda silencio y abre paso a otra voz, una voz conocida y amable, una voz amable en extremo. Es su secretario. Comienzan a hablar de los planes y los proyectos, pero usted está ido, lejano. Sus ojos en la ventana se entrecierran, se entreabren; comienza a pensar en esas calles, en esa gente, en esos lugares comunes por los cuales ha pasado ya tantas veces, y no sólo usted, también todos aquellos que estuvieron antes que usted, sus colegas, sus antepasados. Esos antepasados que sabían cómo callar a las voces incómodas, que podían poner orden a medio día en la plaza, a plena vista y nadie lo veía. Usted sabe cómo lo hacen, usted sabe quiénes deben estar dentro de su puño para que todo vuelva a ser lo de antes, a marchar sobre ruedas. Ese reino de antaño tan hermoso, con todos los gritos y las muertes, las mismas que lo persiguen por las madrugadas cuando no puede dormir; toda esa sangre que usted y sus colegas y sus antepasados han derramado pero que sigue ahí, inexpugnable en sus manos, que se pega a las paredes y a los muebles cuando los toca, que deja su sabor en toda la comida que pasa por sus manos; todos los gritos callados que se siguen escuchando, implacables, en su casa, que rompen las copas y los vitrales, que hacen temblar los candelabros y abren todas las puertas de la casa al mismo tiempo; todas las manos mutiladas y marchitas que lo toman de los tobillos cuando camina por algún pasillo, que rasgan todas las cortinas de la casa, que tiran todos los libros, no leídos e intactos, de su librero, que lanzan sus reclamos pegajosos como ectoplasmas viles que ensucian las paredes. Y usted mira su casa, su casa perfecta, convertida en un campo de batalla, y vuelan los platos y los gritos, las cabezas ruedan por la escalera principal manchando la alfombra de sangre inmunda de obrero. Todo el ambiente da un asco enorme. Pero usted debe soportarlo, sabe que es el precio que tiene que pagar por ser rey; sabe que encima de las manos llenas de sangre, hay anillos; sabe que en las noches de insomnio y culpas, sus sábanas de seda y su perfecta mujer de plástico lo esperan. Sabe que todos esos gritos y esos reclamos siempre estarán ahí presentes, manchando las paredes; sabe que la imagen terrible de todos los muertos que lleva a cuestas siempre estará ahí, sólo para usted cuando cierre los ojos.

 

Pero no se preocupe, respire. Haga como si todo fuese una fantasía. Abra los ojos, sonría (se acaba de hacer el blanqueo  dental hace tres días). Voltee a la cámara más cercana, salude, que se vea que todo está bien, que no pasa nada. Nunca pasa nada.

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