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Imágenes manipuladas

enero 15, 2013 2 comentarios

Y a veces nos ocurre que las cosas son otra cosa, cualquier cosa excepto esa cosa que deberían ser. Hoy, por ejemplo, caminando de vuelta de la oficina a mi casa, me detuve un segundo a pensar (y el segundo duró lo que tarda en cambiar un semáforo en el centro) cómo muchas veces las imágenes que vemos en las calles o las oficinas o las tiendas no son lo que realmente son, que son algo así como imágenes que han sido manipuladas previamente por algo o alguien (pero, ¿quién? ¿cómo?) para que nosotros, al percibirlas, veamos en ellas una manifestación poco impregnada de esa res realis que nos confunde. Y esto es sólo una parte del problema (menudo problema), porque en otras ocasiones, parece ser que es nuestra mente la que manipula las imágenes para mostrarnos algo diferente a lo que realmente es.
Hoy mismo, continuando con mi camino de vuelta al hogar, llegó otro momento (dos o tres cuadras después del primer momento), en que observé a un gato en una esquina. Eran las seis con quince de la tarde y el recorrido transcurría de manera regular en la calle cuarta y Madero cuando me topé de frente con un gato gris de ojos verde olivo, o lo que me pareció un gato gris de ojos verde olivo. Y digo lo-que-me-pareció porque inmediatamente la imagen cambió, mutó frente a mis ojos; de pronto el gato ya no era un gato, era un par de policías moliendo a golpes a un muchacho, un chico realmente (debía tener, a lo mucho, 17 años). Los plumíferos azules hacían gala de la destreza sanguinaria aperingados de sus toletes saltarines que parecían estar de fiesta sobre la espalda y la cabeza del niño que, sin poder hacer nada más, se intentaba cubrir con las manos y los brazos. Unas cuantas señoras veían la escena y varios más se detenían un segundo y continuaban con su camino. Y de pronto, zaz, que ahí estaba de nuevo el gato gris de ojos verde olivo, lamiéndose la patita y mirando fijamente a un punto fijo del aire (y nunca sabremos si ese punto fijo en el aire es también una imagen manipulada).
Ahora mismo que escribo este relato me siento confundido, no estoy seguro de nada de lo que vi. No puedo, genuinamente, creerle a mis ojos. ¿Qué de lo que vi fue real? ¿Qué fue falso? ¿Todo fue una imagen manipulada? No puedo sacar la duda de mi mente hasta que, esa misma noche, en la televisión veo que, a las seis de la tarde entre Madero y cuarta, un príncipe azul rescata a una damisela y un cantante entona una canción romántica en el fondo. Entonces caigo en cuenta. Sé precisamente cuáles son las imágenes manipuladas. Y apago la t.v. y vuelvo al mundo donde los gatos son gatos y los policías son policías y, más importante, ya es la hora de cenar.

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