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Posts Tagged ‘creación’

La sorpresa.

mayo 2, 2012 1 comentario

En el monte de los Olivos, Jesús volvía de rezar cuando Judas se le acercó

– Maestro, quiero preguntarte algo.
– Dime Judas- contestó el maestro.
– Tú que eres tan bueno, ¿podrías perdonar una traición? ¿Serías capaz de soportar la tortura y la humillación?
– Claro que puedo hacerlo mi querido Judas- lo toma Jesús del brazo- , la pregunta es, ¿podrías tú soportarlo?
– No lo sé, maestro. ¿Por qué?
– Pobre, ¿no sabías?- abraza Jesús a Judas- he decidido hacer un cambio de papeles…

Jesús sonríe e, inclinándose hacia su discípulo, le besa la mejilla; una multitud aparece tras Jesús con palos y antorchas, miran fijamente a Judas…

Suspendida, marchita

abril 2, 2012 3 comentarios

El transatlántico partió a las once, hora en que las gaviotas, presintiendo el mediodía, volaban muy bajo hasta casi rozar el mar y se mezclaban con la gente que deambulaba sin rumbo fijo sobre el apolillado Puerto Soledades.

El alma de Ernestina lloraba, se quebraba, se volvía a armar, danzaba triste y frágil con las gaviotas del puerto, se destrozaba de nuevo; las manos sostenían torpemente un pañuelo blanco percudido, los labios temblaban irreparablemente, el viento alborotaba su larga cabellera ondulada y hacía volar su vestido blanco cadenciosamente. Sus ojos, llenos de lágrimas, contemplaban impotentes el transatlántico que se dibujaba apenas, sutilmente, sobre la línea del horizonte y dejaba su estela ondulante en el mar verde de las costas viejas y melancólicas de Ciudad Portigâo mientras se alejaba con destino fijo aunque un tanto incierto. Ernestina sentía una gran pena, una opresión en el pecho que no la dejaba respirar; un nudo le cerraba la garganta, las lágrimas le nublaban los ojos, el corazón ardía, como un fuego joven que parecía incendiarla como un leño viejo y seco. Había llegado tarde, había faltado a la despedida llena de clichés, sobre el puerto, con un pañuelo en las manos, con el llanto, los abrazos mutuos, con la promesa (ella sabía que serían sólo palabras) de que le escribiría, con el “cuídate-mucho” y el amargo beso final. Ahora todo había quedado así, suspendido, inconcluso, detenido en el tiempo por mil años en los que ella sabe que él no volverá. Así queda ella, detenida en el tiempo, inconclusa, frágil, en espera eterna, marchita. Ni siquiera pudo despedirse, darle un abrazo último, decirle que no se preocupe, que ella estaría bien (aunque supiera que es mentira), atarle su mascada al brazo para que la recordara cuando estuviera en altamar; ni siquiera pudo contemplarlo una vez más, la última, conservar su imagen, guardarlo para siempre en su memoria para volver a verlo cada que cierre los ojos y sentir la brisa de la playa de nuevo.

Ahora Antoine estará en altamar conociendo gente y lugares nuevos, gente y lugares que nunca hubiera conocido de haberse quedado con ella, sintiendo el viento joven del Atlántico en el rostro por la tarde, comiendo criaturas recién pescadas con galletas saladas en el gran comedor, contemplando el cielo mediterráneo, el cual dicen que es el más hermoso cielo que un hombre pueda ver. Y dentro de todo eso, dentro de ir y venir a bordo del transatlántico, dentro de ese conocer gente y lugares nuevos, dentro de las comidas en el gran comedor, dentro del cielo mediterráneo, Ernestina sabía que él no tendría tiempo para pensar en ella, para recordarla, para sentir algo. Ahí en medio del mar, cruzando el mundo, nunca recordaría que hay una mujer en Ciudad Portigâo que piensa en él con el alma rota y las manos trémulas. Tal vez algún día, pasados muchos años, recordaría casi por accidente a una chica delgada, morocha y linda que había conocido en alguna ciudad cuyo nombre no recordaría; pensaría en ella dos segundos y después seguiría con su vida tan alegre como siempre. Ernestina es muy consciente, no sueña, no se fabrica esperanzas falsas; ella sabe que Antoine no piensa en ella, no cierra sus ojos y puede verla, no anhela volver a su lado, no la necesita, no despierta en las madrugadas ardiendo en fiebre y llamándola a gritos; tal vez ni recuerde que existe.

Mientras tanto ella sigue ahí, esperando, en el Puerto Soledades de Ciudad Portigâo, inmóvil. Ahí, inconclusa, frágil, detenida en el tiempo, esperando por siempre, suspendida, marchita…

La llegada de los hombres.

marzo 15, 2011 Deja un comentario

Llegaron un día, en silencio, de la nada, comenzaron a llegar y no pararon. Unos creen que llegaron del mar, otros creen que del desierto, hay quienes dicen que llegaron del Líbano. El caso es que llegaron, y no llegaron solos, trajeron a sus mujeres, a sus niños. Llegaron en parejas, en grupos, solos y en manada. Llegaron desnudos y luego se vistieron, al verlos llegar, todos creyeron que eran buenos. Comenzaron a cazar, a comer y vestir pieles, comenzaron a podar y talar, comenzaron a competir. Comenzaron a construir edificios, automóviles; comenzaron a administrar y a contabilizar.     Comenzaron a inyectar, a tomar pastillas, a poner enemas. Llegaron y siguieron llegando, y cada vez llegaban más. Comenzaron a variar de colores, de lenguas, de gustos, incluso de formas de matar. Comenzaron a avanzar, a crecer. Construyeron teléfonos, computadoras. Llegaron a jugar a Dios y a la Muerte. Se olvidaron de todos, salvo de ellos mismos. Acabaron con los árboles e inventaron árboles artificiales, animales de soya, plantas de plástico.

Y de pronto un día, en silencio, de la nada, como llegaron, se fueron. Y no volvieron más.

Síntoma.

marzo 15, 2011 Deja un comentario

Despacio se asomó por la ventana: nada, ella no estaba ahí; la noche era fría y el ambiente olía a madera quemada. Encendió un cigarrillo y se puso a pensar que hubiera sido bueno asomarse y verla ahí parada, atendiendo a algún cliente, acomodándose la cabellera negra y lacia con sus manos pequeñas y un poco huesudas. Hubiera querido ver su cara muy blanca, marcada en el centro por una boca que era demasiado pequeña, su cuello delgado que a veces encorvaba, sus orejas pequeñas, su nariz un poco grande.

Sabía que a ella no le hubiera dado el mismo gusto verlo a él, pero igual lo miraría con esa sonrisa que le hace sentir una marejada en el estómago. A fin de cuentas era mejor no haberla visto; si seguía así, terminaría volviéndose una adicción: llegaría un momento en que no podría respirar si no mirase esa cara, ese cuello, esos hombros…

Caminó una cuadra y de pronto notó que el cigarro se había terminado, «Demasiado pronto» pensó. Llevó rápido ambas manos al cuello, aflojó la corbata, desabotonó la camisa y se secó el sudor, no había podido mirar esa cara, ese cuello, esos hombros; pronto se le iría la respiración. Él lo sabía bien, siempre que no lograba verla, ocurría lo mismo.

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