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Crisálida

enero 27, 2014 Deja un comentario

Séptimo día. Si es verdad que existe un Dios, en el séptimo día habría de concluir la creación de la tierra y el hombre, de los animales y las plantas, de las rocas y las aguas, del lodo y el aire, del hombre y sus movimientos. Siete días en los que yo creé mi propio universo, micro-cosmos inmóvil, como un valle de huecos, por el cual todo se mueve con facilidad natural y a veces errática; todos aquí se mueven, menos yo. Todos están siempre flotando, van de un lado a otro: entran, salen, se sientan a mi lado, revisan mis sueros, los aparatos a los que estoy conectado, vuelven a salir y a entrar, llaman al doctor; yo ya casi no los puedo controlar, no me pertenecen las personas ni las plantas ni sus voluntades, son como invitados en mi universo inmóvil, en mi infinito finito, en mi existencia, temblando de carreras.
Vigésimo día. Todos siguen circulando igual, acoplados a su diáfano díaadía, dentro del cual ya insertaron la rutina de cuidar a papá vegetativo como una penitencia aceptada a regañadientes. Y aun así, dentro de todo, no me observan. Van y vienen, pero no existimos en un mismo plano, todos están por debajo o por encima de mí, en otro universo. A final de cuentas, ya estoy acostumbrado a mi nueva existencia en mi nuevo espacio, a mi vacío sideral en el cual yo soy la existencia central, como un gigante con medio cuerpo enterrado en la arena y que con la apenas emergente cabeza observa a los de afuera impertérrito.

Centésimo cuarto día. Todos están siempre flotando, migran como mariposas o polillas de una habitación a otra; los escucho bajar a la cocina, salir de la casa y regresar. Afuera escucho el patio, donde las ramas secas se mecen y otras mariposas también flotan de un lado a otra, moviéndose arrogantes frente a mi ventana. Entran enfermeras, familiares, doctores y sirvientas; sudan de golpe frente a mí y se hablan en voz baja. Yo no puedo moverme, pero los escucho, no puedo moverme, pero los siento, los veo. Siento que estoy cerca de algo, o que debo estarlo pero no lo estoy; aún falta algo más, como si no estuviese listo aún para emerger de esta materia en la que me retuerzo cansado y sin resultados. Todo lo demás me parece estéril y frío, resultado de movimientos moleculares y reacciones bioquímicas que me son completamente ajenas en este líquido amniótico donde me cocino y en el cual no hay temor. Mis hijos, mi mujer, los criados son sólo sombras inútiles en este valle. Me siento exhausto, cansado de que me observen los de afuera.

Ya no entiendo, he perdido la capacidad de contar los días, se me pierde el tiempo, me pierdo yo mismo. Sé que tengo llagas en las piernas y en los brazos; lo sé pero no lo siento. He escuchado al doctor recomendar que me compren un colchón diferente, uno especial pero ¿qué colchón puede ayudarme cuando lo que me ocurre es algo mucho más profundo? Todo es más profundo, mi piel parece estar mutando, mis extremidades ya no son las mismas; pero esto es sólo un signo, un síntoma de algo más importante que me pasa. Todas las personas me parecen lejanas, ya no siento ninguna conexión con mis hijos ni con mi mujer, su vida cada vez me parece algo más insignificante, me molestan, todo gigante se cansa de que lo observen. ¿Cómo hago que este valle de truenos se aleje? Ayer acercaron la cama un poco a la chimenea, el doctor dice que en invierno es necesario mantenerme tibio. Pero yo ya no siento tibieza, ya no tengo miedo ni fe, no siento amor, no tengo frío, no soy nada. No tengo más Dios.
Sombras inútiles, nada más. Yo espero el día en que la eclosión me libere de éste, mi hábitat prisión invernadero para poder devorar a los de abajo, para poder salir por la ventana y revolotear en las calles como el sonido de una serpiente reptando por el bosque, como la brisa cerca de una cascada. Cada día me siento un poco más listo, más apto para mostrar mi verdadero ser que se gesta en silencio, pendiendo de la cama como si ésta, con todo y su colchón nuevo, fuera el último hilo del que pende lo poco que queda de mi humanidad.

Entra toda la familia al cuarto, no me ven, al menos no al viejo yo. El capullo está abierto, al fin.

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