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Círculos perfectos (1ra parte)

febrero 10, 2014 Deja un comentario

El escritor camina despacio, como queriendo aplazar la llegada, se mueve lento, tiene una idea dando vueltas por su cabeza; entra a su estudio y se sienta frente a la máquina, comienza calmo a teclear las palabras que van quedando oscuras y delineadas en el rígido blanco del papel:

“Un hombre sueña que sueña una gran puerta, de cuerpo enorme con innumerables relieves de flores y ramas de árboles que se van entrelazando por la parte superior y los bordes hasta llegar al pie donde las rosas pueden casi tocar el suelo; de madera de roble pintada de un color café oscuro que los años han desgastado. El hombre avanza como entre nubes con la vista nublada y los oídos tapados, pensando sólo en la puerta, comienza a caminar a pequeños pasos, tímidos y temblorosos que se acercan con una sensación de miedo a lo desconocido, como el joven soldado que avanza a la primera guerra, marchando con miedo y hambre; al abrir la enorme puerta se planta de frente a un terreno que parece ser la nada, que parece ser todo, que no parece nada conocido por él. Dentro de ese territorio fragante y nuevo para él, se siente como si avanzara apacible por un bosque con mucha luz, donde el cálido aire de la tarde acaricia su piel y lo despeina sin prisa. Con la misma calma que el viento, él se adentra en ese bosque espeso que se abre ante sus ojos como un capullo que florece por vez primera; camina lento, tratando de ver cada mínimo detalle a su alrededor. Poco a poco, la vista se va despejando y acostumbrando a la luz, al aire fino y a la salvaje vegetación que es como una gran muralla que lo protege y lo aparta de algo que él desconoce, pero que está allá a lo lejos. Sigue adentrándose, mirando hacia todos lados, sintiendo la tierra húmeda y tibia bajo sus pies, recibiendo el olor a hierba fresca que brota de los árboles y las plantas, escuchando el ruido de los animales, lejanos y cercanos, que habitan el bosque sin percatarse de que un hombre los escucha maravillado, también alcanza a distinguir el sonido de una cascada muy lejana que hace que el ambiente se llene de humedad y huela aún más a bosque. Él se queda quieto, en medio de todo, queriendo llenarse de cada olor, de cada imagen y cada sonido que pueda percibir para sentir que se convierte, poco a poco, en el bosque.

De pronto, de entre las entrañas de la tierra nace un temblor que cimbra todo el bosque removiéndolo; cada rama y cada hoja de cada árbol se despiertan y van dejando su fragancia a hierva y el polen crecer y volar por el aire; todas las urracas y los mirlos que descansan tranquilos en las ramas, sobre nidos que construyeron durante el verano, se estremecen y alzan, en parvadas, el vuelo presuroso y asustado en sentidos que se entrecruzan. Al momento del temblor, se escucha un estruendo implacable, de ultratumba, como si todos los espíritus del mundo gritaran al mismo tiempo llenos de una gran ira o un dolor infinito. Después del temblor se escucha un silencio, un silencio absoluto y espectral que viene de todas partes y no deja escuchar ni el viento ni el crepitar de la hojarasca; ése silencio oscuro en el que la muerte se oculta, inexpugnable. Él recuerda haber escuchado ése silencio hace muchos años, cuando era niño y su abuelo salió de madrugada a cazar al Nahual que se comía las cosechas y mataba al ganado, armado sólo con su sombrero y su vieja escopeta; esa madrugada él salió a esperarlo al zaguán envuelto en una cobija y, mientras esperaba, escuchó ese silencio seco y recio llenando todo el llano; a la mañana sólo llegó papá a decirle que su abuelo ya no volvería, él supo que había muerto en la denzura de la noche larga, tan oscura y fría, acompañado sólo por ese silencio.

Sin embargo algo ocurre, algo lo hace tensar los músculos, agudizar los sentidos, quedar a la expectativa. El silencio comienza a dar paso a un sonido cálido, una especie de música de flauta que va subiendo muy quedo y muy lento como el vaho de la hierba al amanecer; es un sonido que él desconoce pero siente tan familiar conforme crece y lo va inundando todo alrededor. Lento, tan lento como la música, comienza a surgir de todas partes el color, un color inconfundible de  violetas que aparecen por todas partes al tiempo que la música continua in crescendo; pronto van apareciendo más y más violetas, de los árboles, de las plantas, del suelo, los mismos animales se van desgajando en ríos de flores que inundan todo alrededor; del cielo caen, como lluvia, los capullos uno tras otro y tras otro. El olor empalagoso se le pegó a la punta de la nariz mientras la música crecía hasta ser ensordecedora e ininteligible; el color satura la vista, las imágenes se ven como fuera de foco, las violetas están en todas partes y no dejan de avanzar, de adueñarse de todo el paisaje; la luz casi no pasa y el cielo se puede ver cada vez menos. Él sólo se va dejando caer sobre el suelo, recubierto de flores que se abren y florecen, y no puede pensar en nada más que perderse y dejarse inundar de violetas mientras sea posible y no pensar mucho en nada más.

Y de súbito sintió algo extraño, algo que se movía entre la inmensidad de violetas; “algo” o alguien que se movía muy rápido, acercándose. Él se incorporó de un salto, asustado e inquieto, estirando el cuello para alcanzar a buscar entre las flores quién o qué era eso que venía con tanta celeridad y cautela. No lograba divisar forma alguna, sólo veía el movimiento ondulante entre los capullos, como las olas del mar que se mecen al atardecer, salvajes y sin descanso; la cosa se movía en direcciones entrecortadas, marcando formas incoherentes entre el color morado y el verde de los tallos. Cuando había perdido toda esperanza de distinguir forma alguna, de pronto, sin esperarlo, de entre las violetas saltó una enorme comadreja, delgada y larga, de casi un metro de longitud. El pelaje marrón claro y la panza blanca brillaban y casi se podría decir que reflejaban el brillo del sol, sus orejas estaban aguzadas como si estuviera esperando escuchar algo, sus pequeños y negros ojos estaban muy fijos y su cola peluda estaba erizada, señal de que estaba a punto de atacar. El hombre sólo pudo cubrirse la cara con los brazos y encogerse asustado mientras se volvía a dejar caer para protegerse del enorme animal que ya mostraba sus colmillos alineados mientras alargaba las patas delanteras como tratando de alcanzarlo. La comadreja pasó planeando de un salto muy cerca de su cabeza, pero no intentó alcanzarlo -de haberlo intentado, lo habría logrado; en cuanto volvió a estar firme sobre tierra y entre las violetas continuó corriendo, cada vez más rápido. En ese momento una enorme curiosidad inundó cada rincón de su cuerpo; instintivamente y sin saber por qué, salió corriendo detrás del animal para atraparlo. Tras correr a la caza de la comadreja por varios cientos de metros, el aire le faltaba, las piernas le temblaban, sentía que el corazón o el estomago se le saldrían por la boca, pero no estaba dispuesto a desistir, no descansaría hasta atraparla. Cuando ya sólo faltaban un par de metros para tenerla entre las manos, el hombre saltó con los brazos estirados para poder al fin apresarla; sin embargo, en el momento justo en que el animal caía en sus manos, el sueño terminó y el hombre despertó, sobresaltado y sudoroso, con la enorme y melancólica sensación de que nunca sabría qué pasó con la comadreja que perseguía.

Aún a medio despertar, antes que terminara de espabilarse y todo le huyera a su memoria como al agua le huye, a veces, a los dedos, se apresuró a su estudio, ante la fría máquina de escribir. Con mucho cuidado, comenzó a acomodar la hoja entre los rodillos en silencio, cuidando que no se le fuera a olvidar detalle alguno, que la imagen siguiera indeleble detrás de sus parpados para poder revivirla con sólo cerrar los ojos y recordar cada olor, cada sonido; intentar revivir, ahora sobre el papel, el sueño turbulento de la noche anterior era la idea única en su mente y trataría de hacerlo sin dejar fuera ningún detalle, ninguna descripción, ningún sentimiento. El hombre se sentó en su gran silla de madera oscura con tapicería de color rojo, bebió un gran trago de su eterna taza azul con café negro y se dispuso a teclear.

El relato avanzaba indómito por el blanco del papel, el escritor no tenía decisión, él sólo era un transcriptor de palabras que venían como de más allá, corriendo desde la memoria onírica salvajes y sólo debía atraparlas, alcanzarlas y hacer que descansen en el rígido papel. Y de pronto, al escribir sobre el temblor que cimbró el bosque, el suelo de su estudio se convulsionó frenéticamente con una furia incontenible y un estruendo implacable llenó el ambiente antes de terminar de golpe en el momento en que el hombre escribió la palabra silencio. Al silencio siguió una música como de flauta que saltaba del papel a la vida real y comenzaba a crecer por todos lados, lenta y serena. Cuando el hombre formó la palabra violetas, el ambiente se llenó por completo de flores que surgían de todos lados y avanzaban llenando el estudio de su olor empalagoso y de su color inconfundible por cada mueble y cada esquina…

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