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Posts Tagged ‘ojos’

Recitatione #2

De manos frías, de ojos dispersos
De bosques salvajes y mares profundos
Del olor a jazmín de tu nuca
De tu cuerpo y tus cabellos
De un bostezo simultaneo
De tu indiferencia solemne
y mis miradas ceremoniosas

De la distancia que nos separa
y los tactos que no nos unen
De tu voz indómita
que me suena tan distante
De mi voz enciclopédica
que nunca escuchas
De tu nombre y mi nombre

De tu imagen intermitente
De partículas de polvo
como el brillo de un fuego-Dios
como el litoral de tus ojos salvajes
De tactos sin piel y cantos sin voz
De mil soledades cenicientas
De todo eso, estás hecha…

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Sus ojos se cerraron.

marzo 16, 2012 2 comentarios

A partir de ahí no había vuelta atrás, después de ese día nada volvería a ser igual; en ese momento, el mundo tal y como lo conocía daba un giro irreversible y repentino, y nada podía hacer él para evitarlo, no servirían sus llantos o sus suplicas esta vez. En sólo unos segundos, su realidad cambió salvajemente, fue tan rápido que nadie lo hubiera visto acercarse. Sus ojos se cerraron y nadie pudo hacer nada, todos estaban tan inmóviles. Sólo unos segundos de ruido antes de volver al silencio infranqueable.

El viento soplando dulcemente, el olor a fruta inundando las calles, su delgada figura moviéndose con gracia sobre el pavimento mojado, el sonido de los vagones avanzando sobre las vías, el sol tibio que no quema demasiado, una sensación de infelicidad en la barriga, la gente caminando tan indiferente a ellos, todo se había unido en ese momento eterno que cambió todo. El trataba de comprender lo que pasaba, por qué ella le hacía esto; ella se limpiaba las lágrimas de la cara mientras comenzaba a olvidar los momentos en que él la hizo feliz, ahora empezaba una vida nueva y todo eso no tenía lugar ya. El no sabía qué hacer, qué decir, sólo estaba impávido escuchando esa voz, que apenas tan poco tiempo atrás lo hacía feliz, decirle que ya no había nada, que todo había terminado, que las cosas ya eran diferentes. El viento soplaba y mecía su larga melena negra que él había acariciado tantas veces antes con esas manos amargas que ahora sentía que quedaban más secas que nunca. El olor a fruta inundaba las calles y sus ojos se cerraron. El ruido de los trenes que avanzaban sobre las vías era cada vez mayor, a cada momento se alejaba la voz de ella, delgada; los vagones corrían rápidamente junto a ellos y cada vez se dificultaba más poder hablar, de todos modos, todo estaba dicho ya. Ella bajó la mirada mientras se limpiaba unas lágrimas que le parecían tan extrañas, tan lejanas a su realidad, parecía que su llanto fuera sólo por compromiso y aún así no podía detenerlo, no podía dejar de sollozar; él no podía dejar de mirarla preguntándose por qué hacía eso…

Preguntándose por qué daba media vuelta dispuesta a no volver más, por qué ese tren acercándose hacía tanto ruido, por qué el aire se respiraba tan raro, por qué ella resbalaba sobre el pavimento mojado. Nadie hubiera adivinado que confesarle que su amor terminaba era lo último que ella haría antes de la caída. El viento, el olor a fruta, el ruido del tren, el sol y la gente se unieron en ese eterno segundo en que el cuerpo frío y apresurado del tren se hizo uno con ese otro cuerpo, pequeño y tibio que no comprendía lo que estaba ocurriendo. Sus ojos se cerraron y el mundo seguía girando. La vida siguió su curso olvidándose del hombre parado ahí junto al cadáver en el andén; el mundo seguía avanzando sin dar vuelta atrás y nada sería igual ahora que todo terminó, ella ya no estaba y él seguía ahí sin saber por qué. Sus ojos se cerraron y el mundo sigue girando. Quizás deba ser así.

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