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Círculos perfectos (2da y última parte)

febrero 19, 2014 Deja un comentario

La noche siguiente se encontró el hombre sobre un enorme desierto, seco y borroso que parecía no tener fin, no encontraba límite alguno hacia donde mirara. Llevaba ya varias horas caminando, no sabía muy bien dónde estaba o hacia dónde iba; no había nada alrededor. A cualquier flanco que girara sólo veía el café amarilloso de la arena que lo rodeaba y parecía ir creciendo mientras se metía en su boca, sus ojos y su nariz. Caminaba y caminaba sin saber con qué rumbo, el sol era cada vez más fuerte e insoportable, los pies le ardían y estaban hinchados, las ropas desgarradas y sucias, en el aire se sentía una presencia extraña, como si el viento arrastrara un rumor de gente desde alguna ciudad lejana; el ruido a lo lejos se mezclaba con el crujir del sol sobre la arena y el rugido seco del viento, que era igual de caliente e insoportable que la arena y que el sol. Veía borroso, cada vez estaba todo más borroso a su alrededor, las piernas le temblaban y no le respondían; sentía unas enormes ganas de tumbarse en el suelo y no caminar más, pero algo se lo impedía, un impulso extraño lo obligaba a seguir caminando como si alguien se hubiera adueñado de su voluntad.

 

De pronto, el hombre comenzó a sentir un temblor en el centro de la tierra; la arena se mecía frenética, grano a grano con una fuerza que casi lo hacía saltar. Él se quedó quieto, en silencio, casi sin respirar, tratando de reconocer algún sonido o de comprender qué pasaba. Una presencia extraña se acercaba firme, mortal, reptando feroz por la arena, removiendo todo con su vientre rígido, ondeándose maliciosa y segura. Su largo cuerpo color dorado brillaba, se distinguía a lo lejos mientras se acercaba a una velocidad que era sorprendente.

 

No se dio cuenta en qué momento apareció ante él una enorme serpiente criselefantina, surgiendo de entre la arena con un rugido áspero, como de abuelo enfermo. El animal lo miró fijamente con unos enormes ojos rojos de rubí que parecían inyectados de sangre, las joyas parecían salirse de sus cuencas al divisar la presa fácil que llegó por voluntad propia a su presencia. La lengua bifurcada era negra y delgada, y el reflejo del sol a lo largo de todo su cuerpo de oro le daba una apariencia demoniaca, como la presencia de Xiuhcóatl inexpugnable, en todo su esplendor.

 

En ese momento, un terror enorme e indescriptible se apoderó de él. Un sudor helado comenzó a recorrerle la frente mientras las manos temblaban sin parar, la boca le supo amarga y los oídos se le taparon; sabía muy bien que de nada le serviría correr, la enorme serpiente de fuego de casi cien metros lo alcanzaría sin el menor esfuerzo y lo rodearía formando un anillo con su cuerpo como hacen algunas serpientes silvestres cuando van a matar. Junto con el terror, de pronto llegó a su mente un absurdo pensamiento: cuando el monstruo cambie de piel deberá dejar una enorme capa de oro que sería fácil robar; sólo cuestión de esperar que llegue la ecdisis y acercarse a la piel vieja, separarla en fragmentos y llevárselos. Pese a saber que era inútil, el hombre se echó a correr con todas sus fuerzas.

 

En esta ocasión el súbito despertar interrumpió su propia captura, entre las fauces de la serpiente. Estaba agitado y lleno de sudor frio. Se levantó presuroso de su cama.

 

Muy a su pesar entró al estudio a escribir la historia de su sueño de esa noche. Sabía, o al menos sospechaba, lo que estaba a punto de ocurrir, al escribir el relato. Aún así, no podía detenerse, la misma fuerza extraña que se apoderara de su cuerpo durante el sueño, lo gobernaba de nuevo, ahora en la vela y lo movía a pulsar las teclas de la máquina. A continuación la historia comenzó muy lenta a desfilar tibia sobre el papel, las letras tomaban forma de palabras, las palabras se agrupaban en frases, las frases en líneas y las líneas se sucedían unas a otras con una velocidad sorprendente. Las palabras que se desperdigaban sobre la hoja iban dejando una marca, como una estela blanquecina en el aire, iban dando paso a un desierto árido; de pronto, volvía ese calor sofocante, ese cansancio recio que subía y bajaba a voluntad por las piernas, volvía la sensación de querer detenerse y no lograrlo. Todo regresaba de pronto.

 

De este modo, en el medio del estudio, de entre los muebles, sobre la alfombra fina y colorida que se luce en el centro del salón, de las paredes mismas comienza a surgir un ruido muy bajo. Un ruido que va tomando forma, comienza a rezumar de los muebles y del suelo mientras muta en el siseo de una serpiente que se oculta en algún lugar de la casa, acechando cautelosa, mirando todo con sus ojos venenosos de rubí mientras deja ver su lengua negra bifurcada, esperando el momento más oportuno para atacar…

 

El hombre despierta, cuando el sol ya se cuela por la ventana de su cuarto; seguro que su mujer ya había bajado a la cocina para preparar el desayuno. Los restos de la noche agitada que ya se aleja le van dejando recuerdos del sueño que tuvo esa noche; un sueño en el que se miraba a sí mismo soñar con una puerta, con un bosque donde el olor a violetas inundaba el ambiente; un sueño en el que escribía lo soñado y se materializaba ante sus ojos, aún la temible serpiente de oro que lo perseguía. Decide ir sin pérdida de tiempo a su estudio a escribir el sueño de esa noche intranquila.

 

Durante los eternos segundos que le toma acomodarse en su silla de terciopelo y colocar el papel en la máquina, la mente salta de un lado para otro, avanza y retrocede caprichosa por los recuerdos, tocando lugares y personas que parecen tan lejanos que ya ni siquiera parecen lo recordado. De entre todos los puntos de su memoria, sólo uno se muestra nítido y seductor aún: el recuerdo, fino como de humo, de Ana, el recuerdo prohibido. Bebe el hombre un largo sorbo de su café negro tratando de olvidarla, o al menos de no recordar. Intenta, sin ningún éxito, concentrarse en la ocupación de narrar su testimonio onírico; comienza a darle forma a lo que pretendía escribir, buscando el punto de inicio para después tirar de él como del extremo de un ovillo y que todo comience a fluir y las cosas tomen un orden y pueda continuar narrando y nada.

 

No puede unir dos palabras, no puede articular una frase, todo intento de comenzar su relato es inútil, sólo puede recordar a Ana; y evoca el sabor de esos días en que, no habiendo publicado nada aún, trabajaba en la oficina, llevando contabilidades. Tenía casi listo su primer libro para publicar cuando Ana ingresó como secretaria al despacho; desde que llegó, ambos sintieron la mirada del otro, los dos sabían lo que terminaría pasando, podían verlo a través del despacho sin que nadie más lo notara. Los encuentros fueron pocos, furtivos, con ese sabor a nuevo y prohibido, a historia y aventura, a deseo y culpa; al terminar el encuentro, él se lamentaba por su mujer, ella por su novio y los dos volvían a sus vidas con la firme convicción de no repetirlo hasta el día siguiente, en que se miraban y ahí comenzaba de nuevo todo otra vez, repitiéndose como todo siempre se repite.

 

Y después, al publicar su primer opus, prescindió de la alegre necesidad de una aburrida rutina de despacho contable, de corbata y cubremanga. Dejó de asistir así, de un día para otro sin avisarle a nadie, sin siquiera despedirse de Ana, a quien no volvió a ver. Ahora, salida de la nada, le aparece cada vez que intenta recordar su sueño, apareciendo y reapareciendo entre lo que queda de una puerta y lo que parece ser una comadreja o yo-ya-no-sé-qué.

 

Escribe el hombre en su máquina, sólo por escribir algo, El campo lleno de violetas, y el acontecimiento más natural del mundo lo sume en una enorme sorpresa incontenible: el cuarto se comienza a llenar, lento, del olor empalagoso de las violetas, comienza a surgir como venido del suelo y a levantarse por los muros, por los muebles. Y así, de golpe, le llega una idea. Sin pensarlo demasiado, el hombre se acomoda el cabello, revisa su aliento y fija toda su atención en la máquina, sin recordar que la puerta del estudio no tiene seguro; sin perder el tiempo, escribe las tres letras mundiales del nombre de Ana y éstas van quedando oscuras y delineadas en el papel.

 

El hombre queda impaciente, a la expectativa, dudando. No sabe qué pasará o si pasará lo que él espera y esta idea le da terror, toparse con la ausencia indiferente de Ana, que ya aparece, venida de quién sabe dónde y se planta firme y breve en el centro del estudio, mirando de frente al escritor, sonriendo, mirándolo con esos hermosos ojos verde que sonríen tanto como ella. Él se pone de pie, comienza a caminar con pasos cortos, procurando disfrutar esa pequeña espera agónica que lo separa de Ana. Ella abre el cuenco de sus brazos, esperando recibirlo, él estira las manos, buscando alcanzarla; los dos se miran ansiosos, esperando el momento exacto en que se abracen y se unan en el beso esperado, poco a poco acercando los labios, rozando, abriendo muy poco la boca, saboreando la respiración del otro, sin saber que en ese mismo momento…”

 

Abre la mujer del escritor la puerta, sabía que no tendría seguro, y le anuncia a su esposo que la comida ya está lista; él la mira resentido y le responde que está terminando algo muy importante, que ya va. Con la sonrisa entre los dientes se despide de Ana, ya será en otra ocasión; y a esperar el momento en el que esté de nuevo frente a la máquina, escribiendo el relato, formando palabras, ordenándolas, disponiendo de tal forma que la historia sea contada, pero de manera discreta, sin develar demasiado de él mismo. De este modo se creerá que sólo es ficción, y así no correrá el riesgo de que al leerlo, el lector descubra demasiado del autor; ese lector que ahora lee el relato y al cual el autor menciona como indicio, para que al leerse descubra el truco del autor, que consiste en mencionarlo para que éste descubra su truco…

 

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