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Círculos perfectos (2da y última parte)

febrero 19, 2014 Deja un comentario

La noche siguiente se encontró el hombre sobre un enorme desierto, seco y borroso que parecía no tener fin, no encontraba límite alguno hacia donde mirara. Llevaba ya varias horas caminando, no sabía muy bien dónde estaba o hacia dónde iba; no había nada alrededor. A cualquier flanco que girara sólo veía el café amarilloso de la arena que lo rodeaba y parecía ir creciendo mientras se metía en su boca, sus ojos y su nariz. Caminaba y caminaba sin saber con qué rumbo, el sol era cada vez más fuerte e insoportable, los pies le ardían y estaban hinchados, las ropas desgarradas y sucias, en el aire se sentía una presencia extraña, como si el viento arrastrara un rumor de gente desde alguna ciudad lejana; el ruido a lo lejos se mezclaba con el crujir del sol sobre la arena y el rugido seco del viento, que era igual de caliente e insoportable que la arena y que el sol. Veía borroso, cada vez estaba todo más borroso a su alrededor, las piernas le temblaban y no le respondían; sentía unas enormes ganas de tumbarse en el suelo y no caminar más, pero algo se lo impedía, un impulso extraño lo obligaba a seguir caminando como si alguien se hubiera adueñado de su voluntad.

 

De pronto, el hombre comenzó a sentir un temblor en el centro de la tierra; la arena se mecía frenética, grano a grano con una fuerza que casi lo hacía saltar. Él se quedó quieto, en silencio, casi sin respirar, tratando de reconocer algún sonido o de comprender qué pasaba. Una presencia extraña se acercaba firme, mortal, reptando feroz por la arena, removiendo todo con su vientre rígido, ondeándose maliciosa y segura. Su largo cuerpo color dorado brillaba, se distinguía a lo lejos mientras se acercaba a una velocidad que era sorprendente.

 

No se dio cuenta en qué momento apareció ante él una enorme serpiente criselefantina, surgiendo de entre la arena con un rugido áspero, como de abuelo enfermo. El animal lo miró fijamente con unos enormes ojos rojos de rubí que parecían inyectados de sangre, las joyas parecían salirse de sus cuencas al divisar la presa fácil que llegó por voluntad propia a su presencia. La lengua bifurcada era negra y delgada, y el reflejo del sol a lo largo de todo su cuerpo de oro le daba una apariencia demoniaca, como la presencia de Xiuhcóatl inexpugnable, en todo su esplendor.

 

En ese momento, un terror enorme e indescriptible se apoderó de él. Un sudor helado comenzó a recorrerle la frente mientras las manos temblaban sin parar, la boca le supo amarga y los oídos se le taparon; sabía muy bien que de nada le serviría correr, la enorme serpiente de fuego de casi cien metros lo alcanzaría sin el menor esfuerzo y lo rodearía formando un anillo con su cuerpo como hacen algunas serpientes silvestres cuando van a matar. Junto con el terror, de pronto llegó a su mente un absurdo pensamiento: cuando el monstruo cambie de piel deberá dejar una enorme capa de oro que sería fácil robar; sólo cuestión de esperar que llegue la ecdisis y acercarse a la piel vieja, separarla en fragmentos y llevárselos. Pese a saber que era inútil, el hombre se echó a correr con todas sus fuerzas.

 

En esta ocasión el súbito despertar interrumpió su propia captura, entre las fauces de la serpiente. Estaba agitado y lleno de sudor frio. Se levantó presuroso de su cama.

 

Muy a su pesar entró al estudio a escribir la historia de su sueño de esa noche. Sabía, o al menos sospechaba, lo que estaba a punto de ocurrir, al escribir el relato. Aún así, no podía detenerse, la misma fuerza extraña que se apoderara de su cuerpo durante el sueño, lo gobernaba de nuevo, ahora en la vela y lo movía a pulsar las teclas de la máquina. A continuación la historia comenzó muy lenta a desfilar tibia sobre el papel, las letras tomaban forma de palabras, las palabras se agrupaban en frases, las frases en líneas y las líneas se sucedían unas a otras con una velocidad sorprendente. Las palabras que se desperdigaban sobre la hoja iban dejando una marca, como una estela blanquecina en el aire, iban dando paso a un desierto árido; de pronto, volvía ese calor sofocante, ese cansancio recio que subía y bajaba a voluntad por las piernas, volvía la sensación de querer detenerse y no lograrlo. Todo regresaba de pronto.

 

De este modo, en el medio del estudio, de entre los muebles, sobre la alfombra fina y colorida que se luce en el centro del salón, de las paredes mismas comienza a surgir un ruido muy bajo. Un ruido que va tomando forma, comienza a rezumar de los muebles y del suelo mientras muta en el siseo de una serpiente que se oculta en algún lugar de la casa, acechando cautelosa, mirando todo con sus ojos venenosos de rubí mientras deja ver su lengua negra bifurcada, esperando el momento más oportuno para atacar…

 

El hombre despierta, cuando el sol ya se cuela por la ventana de su cuarto; seguro que su mujer ya había bajado a la cocina para preparar el desayuno. Los restos de la noche agitada que ya se aleja le van dejando recuerdos del sueño que tuvo esa noche; un sueño en el que se miraba a sí mismo soñar con una puerta, con un bosque donde el olor a violetas inundaba el ambiente; un sueño en el que escribía lo soñado y se materializaba ante sus ojos, aún la temible serpiente de oro que lo perseguía. Decide ir sin pérdida de tiempo a su estudio a escribir el sueño de esa noche intranquila.

 

Durante los eternos segundos que le toma acomodarse en su silla de terciopelo y colocar el papel en la máquina, la mente salta de un lado para otro, avanza y retrocede caprichosa por los recuerdos, tocando lugares y personas que parecen tan lejanos que ya ni siquiera parecen lo recordado. De entre todos los puntos de su memoria, sólo uno se muestra nítido y seductor aún: el recuerdo, fino como de humo, de Ana, el recuerdo prohibido. Bebe el hombre un largo sorbo de su café negro tratando de olvidarla, o al menos de no recordar. Intenta, sin ningún éxito, concentrarse en la ocupación de narrar su testimonio onírico; comienza a darle forma a lo que pretendía escribir, buscando el punto de inicio para después tirar de él como del extremo de un ovillo y que todo comience a fluir y las cosas tomen un orden y pueda continuar narrando y nada.

 

No puede unir dos palabras, no puede articular una frase, todo intento de comenzar su relato es inútil, sólo puede recordar a Ana; y evoca el sabor de esos días en que, no habiendo publicado nada aún, trabajaba en la oficina, llevando contabilidades. Tenía casi listo su primer libro para publicar cuando Ana ingresó como secretaria al despacho; desde que llegó, ambos sintieron la mirada del otro, los dos sabían lo que terminaría pasando, podían verlo a través del despacho sin que nadie más lo notara. Los encuentros fueron pocos, furtivos, con ese sabor a nuevo y prohibido, a historia y aventura, a deseo y culpa; al terminar el encuentro, él se lamentaba por su mujer, ella por su novio y los dos volvían a sus vidas con la firme convicción de no repetirlo hasta el día siguiente, en que se miraban y ahí comenzaba de nuevo todo otra vez, repitiéndose como todo siempre se repite.

 

Y después, al publicar su primer opus, prescindió de la alegre necesidad de una aburrida rutina de despacho contable, de corbata y cubremanga. Dejó de asistir así, de un día para otro sin avisarle a nadie, sin siquiera despedirse de Ana, a quien no volvió a ver. Ahora, salida de la nada, le aparece cada vez que intenta recordar su sueño, apareciendo y reapareciendo entre lo que queda de una puerta y lo que parece ser una comadreja o yo-ya-no-sé-qué.

 

Escribe el hombre en su máquina, sólo por escribir algo, El campo lleno de violetas, y el acontecimiento más natural del mundo lo sume en una enorme sorpresa incontenible: el cuarto se comienza a llenar, lento, del olor empalagoso de las violetas, comienza a surgir como venido del suelo y a levantarse por los muros, por los muebles. Y así, de golpe, le llega una idea. Sin pensarlo demasiado, el hombre se acomoda el cabello, revisa su aliento y fija toda su atención en la máquina, sin recordar que la puerta del estudio no tiene seguro; sin perder el tiempo, escribe las tres letras mundiales del nombre de Ana y éstas van quedando oscuras y delineadas en el papel.

 

El hombre queda impaciente, a la expectativa, dudando. No sabe qué pasará o si pasará lo que él espera y esta idea le da terror, toparse con la ausencia indiferente de Ana, que ya aparece, venida de quién sabe dónde y se planta firme y breve en el centro del estudio, mirando de frente al escritor, sonriendo, mirándolo con esos hermosos ojos verde que sonríen tanto como ella. Él se pone de pie, comienza a caminar con pasos cortos, procurando disfrutar esa pequeña espera agónica que lo separa de Ana. Ella abre el cuenco de sus brazos, esperando recibirlo, él estira las manos, buscando alcanzarla; los dos se miran ansiosos, esperando el momento exacto en que se abracen y se unan en el beso esperado, poco a poco acercando los labios, rozando, abriendo muy poco la boca, saboreando la respiración del otro, sin saber que en ese mismo momento…”

 

Abre la mujer del escritor la puerta, sabía que no tendría seguro, y le anuncia a su esposo que la comida ya está lista; él la mira resentido y le responde que está terminando algo muy importante, que ya va. Con la sonrisa entre los dientes se despide de Ana, ya será en otra ocasión; y a esperar el momento en el que esté de nuevo frente a la máquina, escribiendo el relato, formando palabras, ordenándolas, disponiendo de tal forma que la historia sea contada, pero de manera discreta, sin develar demasiado de él mismo. De este modo se creerá que sólo es ficción, y así no correrá el riesgo de que al leerlo, el lector descubra demasiado del autor; ese lector que ahora lee el relato y al cual el autor menciona como indicio, para que al leerse descubra el truco del autor, que consiste en mencionarlo para que éste descubra su truco…

 

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Círculos perfectos (1ra parte)

febrero 10, 2014 Deja un comentario

El escritor camina despacio, como queriendo aplazar la llegada, se mueve lento, tiene una idea dando vueltas por su cabeza; entra a su estudio y se sienta frente a la máquina, comienza calmo a teclear las palabras que van quedando oscuras y delineadas en el rígido blanco del papel:

“Un hombre sueña que sueña una gran puerta, de cuerpo enorme con innumerables relieves de flores y ramas de árboles que se van entrelazando por la parte superior y los bordes hasta llegar al pie donde las rosas pueden casi tocar el suelo; de madera de roble pintada de un color café oscuro que los años han desgastado. El hombre avanza como entre nubes con la vista nublada y los oídos tapados, pensando sólo en la puerta, comienza a caminar a pequeños pasos, tímidos y temblorosos que se acercan con una sensación de miedo a lo desconocido, como el joven soldado que avanza a la primera guerra, marchando con miedo y hambre; al abrir la enorme puerta se planta de frente a un terreno que parece ser la nada, que parece ser todo, que no parece nada conocido por él. Dentro de ese territorio fragante y nuevo para él, se siente como si avanzara apacible por un bosque con mucha luz, donde el cálido aire de la tarde acaricia su piel y lo despeina sin prisa. Con la misma calma que el viento, él se adentra en ese bosque espeso que se abre ante sus ojos como un capullo que florece por vez primera; camina lento, tratando de ver cada mínimo detalle a su alrededor. Poco a poco, la vista se va despejando y acostumbrando a la luz, al aire fino y a la salvaje vegetación que es como una gran muralla que lo protege y lo aparta de algo que él desconoce, pero que está allá a lo lejos. Sigue adentrándose, mirando hacia todos lados, sintiendo la tierra húmeda y tibia bajo sus pies, recibiendo el olor a hierba fresca que brota de los árboles y las plantas, escuchando el ruido de los animales, lejanos y cercanos, que habitan el bosque sin percatarse de que un hombre los escucha maravillado, también alcanza a distinguir el sonido de una cascada muy lejana que hace que el ambiente se llene de humedad y huela aún más a bosque. Él se queda quieto, en medio de todo, queriendo llenarse de cada olor, de cada imagen y cada sonido que pueda percibir para sentir que se convierte, poco a poco, en el bosque.

De pronto, de entre las entrañas de la tierra nace un temblor que cimbra todo el bosque removiéndolo; cada rama y cada hoja de cada árbol se despiertan y van dejando su fragancia a hierva y el polen crecer y volar por el aire; todas las urracas y los mirlos que descansan tranquilos en las ramas, sobre nidos que construyeron durante el verano, se estremecen y alzan, en parvadas, el vuelo presuroso y asustado en sentidos que se entrecruzan. Al momento del temblor, se escucha un estruendo implacable, de ultratumba, como si todos los espíritus del mundo gritaran al mismo tiempo llenos de una gran ira o un dolor infinito. Después del temblor se escucha un silencio, un silencio absoluto y espectral que viene de todas partes y no deja escuchar ni el viento ni el crepitar de la hojarasca; ése silencio oscuro en el que la muerte se oculta, inexpugnable. Él recuerda haber escuchado ése silencio hace muchos años, cuando era niño y su abuelo salió de madrugada a cazar al Nahual que se comía las cosechas y mataba al ganado, armado sólo con su sombrero y su vieja escopeta; esa madrugada él salió a esperarlo al zaguán envuelto en una cobija y, mientras esperaba, escuchó ese silencio seco y recio llenando todo el llano; a la mañana sólo llegó papá a decirle que su abuelo ya no volvería, él supo que había muerto en la denzura de la noche larga, tan oscura y fría, acompañado sólo por ese silencio.

Sin embargo algo ocurre, algo lo hace tensar los músculos, agudizar los sentidos, quedar a la expectativa. El silencio comienza a dar paso a un sonido cálido, una especie de música de flauta que va subiendo muy quedo y muy lento como el vaho de la hierba al amanecer; es un sonido que él desconoce pero siente tan familiar conforme crece y lo va inundando todo alrededor. Lento, tan lento como la música, comienza a surgir de todas partes el color, un color inconfundible de  violetas que aparecen por todas partes al tiempo que la música continua in crescendo; pronto van apareciendo más y más violetas, de los árboles, de las plantas, del suelo, los mismos animales se van desgajando en ríos de flores que inundan todo alrededor; del cielo caen, como lluvia, los capullos uno tras otro y tras otro. El olor empalagoso se le pegó a la punta de la nariz mientras la música crecía hasta ser ensordecedora e ininteligible; el color satura la vista, las imágenes se ven como fuera de foco, las violetas están en todas partes y no dejan de avanzar, de adueñarse de todo el paisaje; la luz casi no pasa y el cielo se puede ver cada vez menos. Él sólo se va dejando caer sobre el suelo, recubierto de flores que se abren y florecen, y no puede pensar en nada más que perderse y dejarse inundar de violetas mientras sea posible y no pensar mucho en nada más.

Y de súbito sintió algo extraño, algo que se movía entre la inmensidad de violetas; “algo” o alguien que se movía muy rápido, acercándose. Él se incorporó de un salto, asustado e inquieto, estirando el cuello para alcanzar a buscar entre las flores quién o qué era eso que venía con tanta celeridad y cautela. No lograba divisar forma alguna, sólo veía el movimiento ondulante entre los capullos, como las olas del mar que se mecen al atardecer, salvajes y sin descanso; la cosa se movía en direcciones entrecortadas, marcando formas incoherentes entre el color morado y el verde de los tallos. Cuando había perdido toda esperanza de distinguir forma alguna, de pronto, sin esperarlo, de entre las violetas saltó una enorme comadreja, delgada y larga, de casi un metro de longitud. El pelaje marrón claro y la panza blanca brillaban y casi se podría decir que reflejaban el brillo del sol, sus orejas estaban aguzadas como si estuviera esperando escuchar algo, sus pequeños y negros ojos estaban muy fijos y su cola peluda estaba erizada, señal de que estaba a punto de atacar. El hombre sólo pudo cubrirse la cara con los brazos y encogerse asustado mientras se volvía a dejar caer para protegerse del enorme animal que ya mostraba sus colmillos alineados mientras alargaba las patas delanteras como tratando de alcanzarlo. La comadreja pasó planeando de un salto muy cerca de su cabeza, pero no intentó alcanzarlo -de haberlo intentado, lo habría logrado; en cuanto volvió a estar firme sobre tierra y entre las violetas continuó corriendo, cada vez más rápido. En ese momento una enorme curiosidad inundó cada rincón de su cuerpo; instintivamente y sin saber por qué, salió corriendo detrás del animal para atraparlo. Tras correr a la caza de la comadreja por varios cientos de metros, el aire le faltaba, las piernas le temblaban, sentía que el corazón o el estomago se le saldrían por la boca, pero no estaba dispuesto a desistir, no descansaría hasta atraparla. Cuando ya sólo faltaban un par de metros para tenerla entre las manos, el hombre saltó con los brazos estirados para poder al fin apresarla; sin embargo, en el momento justo en que el animal caía en sus manos, el sueño terminó y el hombre despertó, sobresaltado y sudoroso, con la enorme y melancólica sensación de que nunca sabría qué pasó con la comadreja que perseguía.

Aún a medio despertar, antes que terminara de espabilarse y todo le huyera a su memoria como al agua le huye, a veces, a los dedos, se apresuró a su estudio, ante la fría máquina de escribir. Con mucho cuidado, comenzó a acomodar la hoja entre los rodillos en silencio, cuidando que no se le fuera a olvidar detalle alguno, que la imagen siguiera indeleble detrás de sus parpados para poder revivirla con sólo cerrar los ojos y recordar cada olor, cada sonido; intentar revivir, ahora sobre el papel, el sueño turbulento de la noche anterior era la idea única en su mente y trataría de hacerlo sin dejar fuera ningún detalle, ninguna descripción, ningún sentimiento. El hombre se sentó en su gran silla de madera oscura con tapicería de color rojo, bebió un gran trago de su eterna taza azul con café negro y se dispuso a teclear.

El relato avanzaba indómito por el blanco del papel, el escritor no tenía decisión, él sólo era un transcriptor de palabras que venían como de más allá, corriendo desde la memoria onírica salvajes y sólo debía atraparlas, alcanzarlas y hacer que descansen en el rígido papel. Y de pronto, al escribir sobre el temblor que cimbró el bosque, el suelo de su estudio se convulsionó frenéticamente con una furia incontenible y un estruendo implacable llenó el ambiente antes de terminar de golpe en el momento en que el hombre escribió la palabra silencio. Al silencio siguió una música como de flauta que saltaba del papel a la vida real y comenzaba a crecer por todos lados, lenta y serena. Cuando el hombre formó la palabra violetas, el ambiente se llenó por completo de flores que surgían de todos lados y avanzaban llenando el estudio de su olor empalagoso y de su color inconfundible por cada mueble y cada esquina…

Crisálida

enero 27, 2014 Deja un comentario

Séptimo día. Si es verdad que existe un Dios, en el séptimo día habría de concluir la creación de la tierra y el hombre, de los animales y las plantas, de las rocas y las aguas, del lodo y el aire, del hombre y sus movimientos. Siete días en los que yo creé mi propio universo, micro-cosmos inmóvil, como un valle de huecos, por el cual todo se mueve con facilidad natural y a veces errática; todos aquí se mueven, menos yo. Todos están siempre flotando, van de un lado a otro: entran, salen, se sientan a mi lado, revisan mis sueros, los aparatos a los que estoy conectado, vuelven a salir y a entrar, llaman al doctor; yo ya casi no los puedo controlar, no me pertenecen las personas ni las plantas ni sus voluntades, son como invitados en mi universo inmóvil, en mi infinito finito, en mi existencia, temblando de carreras.
Vigésimo día. Todos siguen circulando igual, acoplados a su diáfano díaadía, dentro del cual ya insertaron la rutina de cuidar a papá vegetativo como una penitencia aceptada a regañadientes. Y aun así, dentro de todo, no me observan. Van y vienen, pero no existimos en un mismo plano, todos están por debajo o por encima de mí, en otro universo. A final de cuentas, ya estoy acostumbrado a mi nueva existencia en mi nuevo espacio, a mi vacío sideral en el cual yo soy la existencia central, como un gigante con medio cuerpo enterrado en la arena y que con la apenas emergente cabeza observa a los de afuera impertérrito.

Centésimo cuarto día. Todos están siempre flotando, migran como mariposas o polillas de una habitación a otra; los escucho bajar a la cocina, salir de la casa y regresar. Afuera escucho el patio, donde las ramas secas se mecen y otras mariposas también flotan de un lado a otra, moviéndose arrogantes frente a mi ventana. Entran enfermeras, familiares, doctores y sirvientas; sudan de golpe frente a mí y se hablan en voz baja. Yo no puedo moverme, pero los escucho, no puedo moverme, pero los siento, los veo. Siento que estoy cerca de algo, o que debo estarlo pero no lo estoy; aún falta algo más, como si no estuviese listo aún para emerger de esta materia en la que me retuerzo cansado y sin resultados. Todo lo demás me parece estéril y frío, resultado de movimientos moleculares y reacciones bioquímicas que me son completamente ajenas en este líquido amniótico donde me cocino y en el cual no hay temor. Mis hijos, mi mujer, los criados son sólo sombras inútiles en este valle. Me siento exhausto, cansado de que me observen los de afuera.

Ya no entiendo, he perdido la capacidad de contar los días, se me pierde el tiempo, me pierdo yo mismo. Sé que tengo llagas en las piernas y en los brazos; lo sé pero no lo siento. He escuchado al doctor recomendar que me compren un colchón diferente, uno especial pero ¿qué colchón puede ayudarme cuando lo que me ocurre es algo mucho más profundo? Todo es más profundo, mi piel parece estar mutando, mis extremidades ya no son las mismas; pero esto es sólo un signo, un síntoma de algo más importante que me pasa. Todas las personas me parecen lejanas, ya no siento ninguna conexión con mis hijos ni con mi mujer, su vida cada vez me parece algo más insignificante, me molestan, todo gigante se cansa de que lo observen. ¿Cómo hago que este valle de truenos se aleje? Ayer acercaron la cama un poco a la chimenea, el doctor dice que en invierno es necesario mantenerme tibio. Pero yo ya no siento tibieza, ya no tengo miedo ni fe, no siento amor, no tengo frío, no soy nada. No tengo más Dios.
Sombras inútiles, nada más. Yo espero el día en que la eclosión me libere de éste, mi hábitat prisión invernadero para poder devorar a los de abajo, para poder salir por la ventana y revolotear en las calles como el sonido de una serpiente reptando por el bosque, como la brisa cerca de una cascada. Cada día me siento un poco más listo, más apto para mostrar mi verdadero ser que se gesta en silencio, pendiendo de la cama como si ésta, con todo y su colchón nuevo, fuera el último hilo del que pende lo poco que queda de mi humanidad.

Entra toda la familia al cuarto, no me ven, al menos no al viejo yo. El capullo está abierto, al fin.

Elena (minificción)

enero 23, 2014 Deja un comentario

Hace diecisiete días abrí la tierra para sepultarte. Después del adiós, la casa es tan distinta: enorme y vacía, fría como yo. Pero aquí estás, realmente nunca te fuiste. Tus pasos aún resuenan en los pasillos, en la cocina, por la puerta principal. Tu voz se deja oír por las ventanas, cantando en la ducha. En las noches tu peso en la cama, tu tibieza bajo las sábanas. Todo el tiempo estás ahí, durante la cena me acaricias el cabello, tus manos se posan en mis hombros, siempre tocándome, siempre buscándome. Yo te acepto, te dejo entrar, siento tu respiración en mi nuca.

En el estudio, tu presencia como siempre. Te hablo al fin mientras me abrazas por detrás:

-¿Elena?

-No…

Imágenes manipuladas

enero 15, 2013 2 comentarios

Y a veces nos ocurre que las cosas son otra cosa, cualquier cosa excepto esa cosa que deberían ser. Hoy, por ejemplo, caminando de vuelta de la oficina a mi casa, me detuve un segundo a pensar (y el segundo duró lo que tarda en cambiar un semáforo en el centro) cómo muchas veces las imágenes que vemos en las calles o las oficinas o las tiendas no son lo que realmente son, que son algo así como imágenes que han sido manipuladas previamente por algo o alguien (pero, ¿quién? ¿cómo?) para que nosotros, al percibirlas, veamos en ellas una manifestación poco impregnada de esa res realis que nos confunde. Y esto es sólo una parte del problema (menudo problema), porque en otras ocasiones, parece ser que es nuestra mente la que manipula las imágenes para mostrarnos algo diferente a lo que realmente es.
Hoy mismo, continuando con mi camino de vuelta al hogar, llegó otro momento (dos o tres cuadras después del primer momento), en que observé a un gato en una esquina. Eran las seis con quince de la tarde y el recorrido transcurría de manera regular en la calle cuarta y Madero cuando me topé de frente con un gato gris de ojos verde olivo, o lo que me pareció un gato gris de ojos verde olivo. Y digo lo-que-me-pareció porque inmediatamente la imagen cambió, mutó frente a mis ojos; de pronto el gato ya no era un gato, era un par de policías moliendo a golpes a un muchacho, un chico realmente (debía tener, a lo mucho, 17 años). Los plumíferos azules hacían gala de la destreza sanguinaria aperingados de sus toletes saltarines que parecían estar de fiesta sobre la espalda y la cabeza del niño que, sin poder hacer nada más, se intentaba cubrir con las manos y los brazos. Unas cuantas señoras veían la escena y varios más se detenían un segundo y continuaban con su camino. Y de pronto, zaz, que ahí estaba de nuevo el gato gris de ojos verde olivo, lamiéndose la patita y mirando fijamente a un punto fijo del aire (y nunca sabremos si ese punto fijo en el aire es también una imagen manipulada).
Ahora mismo que escribo este relato me siento confundido, no estoy seguro de nada de lo que vi. No puedo, genuinamente, creerle a mis ojos. ¿Qué de lo que vi fue real? ¿Qué fue falso? ¿Todo fue una imagen manipulada? No puedo sacar la duda de mi mente hasta que, esa misma noche, en la televisión veo que, a las seis de la tarde entre Madero y cuarta, un príncipe azul rescata a una damisela y un cantante entona una canción romántica en el fondo. Entonces caigo en cuenta. Sé precisamente cuáles son las imágenes manipuladas. Y apago la t.v. y vuelvo al mundo donde los gatos son gatos y los policías son policías y, más importante, ya es la hora de cenar.

Haga como si todo fuese fantasía

julio 6, 2012 1 comentario

Despierta muy temprano, a las seis en punto, abre el ojo derecho un segundo antes de que suene su alarma. Tantos años de despertarse a la hora exacta logran eso. Su cabello luce impecable al comenzar el día, levántese, siéntese sobre la cama y gire a su derecha. Allá abajo ya se escuchan ruidos, las sirvientas deben ya estar preparando el café y afinando detalles para el desayuno. A su lado respira, aún entre sueños, su esposa. La ropa de noche es de seda, atractiva pero muy conservadora, no debe dar la imagen equivocada, aún en privado. Respira lento, habla bajo, sonríe mucho, opina poco y asiente con facilidad. Es perfecta. Tiene que serlo, usted la eligió; miró todas las opciones en el aparador, comparó, cotejó, una contra otra, cuál lucirá mejor sentada a su derecha, cuál tiene mejor apariencia en fotografías; eligió a la que hablara de la forma más correcta y a la que la prensa apreciara más. Usted la eligió sabiendo que eran una combinación perfecta. Debe ser perfecta.

 

Pero usted ya se levanta, se coloca las pantuflas de lana y camina hacia el baño a asearse antes de que todos despierten, su familia no puede verlo desaseado. Gira sobre sus talones al llegar a la puerta del baño y observa a su esposa, repite como un mantra «Es perfecta» y entra a ducharse pensando que debe ser perfecta, que más le vale serlo, en caso contrario, sería sustituida, ella sería retirada y su lugar sería ocupado por otra más perfecta, como ya pasó antes. Ser desechable es parte de su perfección.

 

El café no está listo aún cuando ya baja a la cocina y sonríe con esa sonrisa amplia, como si se hubiera blanqueado los dientes hace tres días. Su sonrisa deslumbra a todas las sirvientas, las enamora, tal como debe ser. Beba una taza de café mientras la familia ya baja a desayunar y se sientan en la mesa, grande y ordenada, impecable.

 

La mesa es impecable, su casa es impecable, y usted piensa que es lo único impecable que verá en el día. Las calles están sucias, llenas de basura y de coraje, el vómito corre impune por las veredas, las personas gritan, se manifiestan, lo odian.

 

El coche que lo transporta debe estar limpio, como su ropa, como su peinado imperturbable. No baje la ventana, no mire hacia afuera, las calles no le ofrecen una imagen agradable, sólo hay suciedad y gritos que lo insultan, que lo ofenden, que le exigen que se largue. No les haga caso, esas voces pueden ser calladas, usted lo sabe, ya ha pasado antes. Todas esas voces que gritan juntas, todos esos cuerpos que caminan a la par, todas esas personas que lo rechazan son desechables y usted sabe cómo funciona, usted lo recuerda.

 

Es incomprensible y hermoso el contraste que puede haber en una sola ciudad, afuera es un hervidero de ratas que corren y gritan y arrasan con todo a su paso como una plaga maldita, pero adentro del recinto todo es diferente, el suelo muy limpio y las paredes están decoradas con mucho gusto, todos le sonríen, todos lo quieren, son su gente. Aquí está seguro.

 

Alguien comienza a hablar con una voz grasosa y repugnante como de iguana maliciosa; comienza a escupir números, datos llenos de babas, cifras con pedazos de comida, resultados de encuestas que usted sabe que son falsas y tienen los datos todos alterados, pero usted las escucha, necesita escucharlas, y cree en ellas, son como su escoba tras la puerta para ahuyentar a los monstruos que allá en las calles piden cosas tan insolentes como libertad y alimento. Sus ojos se distraen, viajan por todo el salón y atinan a embocar en la ventana, la atraen, la hacen ir a donde está sentado. Esa voz repugnante guarda silencio y abre paso a otra voz, una voz conocida y amable, una voz amable en extremo. Es su secretario. Comienzan a hablar de los planes y los proyectos, pero usted está ido, lejano. Sus ojos en la ventana se entrecierran, se entreabren; comienza a pensar en esas calles, en esa gente, en esos lugares comunes por los cuales ha pasado ya tantas veces, y no sólo usted, también todos aquellos que estuvieron antes que usted, sus colegas, sus antepasados. Esos antepasados que sabían cómo callar a las voces incómodas, que podían poner orden a medio día en la plaza, a plena vista y nadie lo veía. Usted sabe cómo lo hacen, usted sabe quiénes deben estar dentro de su puño para que todo vuelva a ser lo de antes, a marchar sobre ruedas. Ese reino de antaño tan hermoso, con todos los gritos y las muertes, las mismas que lo persiguen por las madrugadas cuando no puede dormir; toda esa sangre que usted y sus colegas y sus antepasados han derramado pero que sigue ahí, inexpugnable en sus manos, que se pega a las paredes y a los muebles cuando los toca, que deja su sabor en toda la comida que pasa por sus manos; todos los gritos callados que se siguen escuchando, implacables, en su casa, que rompen las copas y los vitrales, que hacen temblar los candelabros y abren todas las puertas de la casa al mismo tiempo; todas las manos mutiladas y marchitas que lo toman de los tobillos cuando camina por algún pasillo, que rasgan todas las cortinas de la casa, que tiran todos los libros, no leídos e intactos, de su librero, que lanzan sus reclamos pegajosos como ectoplasmas viles que ensucian las paredes. Y usted mira su casa, su casa perfecta, convertida en un campo de batalla, y vuelan los platos y los gritos, las cabezas ruedan por la escalera principal manchando la alfombra de sangre inmunda de obrero. Todo el ambiente da un asco enorme. Pero usted debe soportarlo, sabe que es el precio que tiene que pagar por ser rey; sabe que encima de las manos llenas de sangre, hay anillos; sabe que en las noches de insomnio y culpas, sus sábanas de seda y su perfecta mujer de plástico lo esperan. Sabe que todos esos gritos y esos reclamos siempre estarán ahí presentes, manchando las paredes; sabe que la imagen terrible de todos los muertos que lleva a cuestas siempre estará ahí, sólo para usted cuando cierre los ojos.

 

Pero no se preocupe, respire. Haga como si todo fuese una fantasía. Abra los ojos, sonría (se acaba de hacer el blanqueo  dental hace tres días). Voltee a la cámara más cercana, salude, que se vea que todo está bien, que no pasa nada. Nunca pasa nada.

La sorpresa.

mayo 2, 2012 1 comentario

En el monte de los Olivos, Jesús volvía de rezar cuando Judas se le acercó

– Maestro, quiero preguntarte algo.
– Dime Judas- contestó el maestro.
– Tú que eres tan bueno, ¿podrías perdonar una traición? ¿Serías capaz de soportar la tortura y la humillación?
– Claro que puedo hacerlo mi querido Judas- lo toma Jesús del brazo- , la pregunta es, ¿podrías tú soportarlo?
– No lo sé, maestro. ¿Por qué?
– Pobre, ¿no sabías?- abraza Jesús a Judas- he decidido hacer un cambio de papeles…

Jesús sonríe e, inclinándose hacia su discípulo, le besa la mejilla; una multitud aparece tras Jesús con palos y antorchas, miran fijamente a Judas…

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