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Casa sola.

marzo 16, 2012 5 comentarios

Cuando Natalia me dijo que fuéramos a su casa saliendo del colegio, me quedé inmóvil; dijo que no habría nadie, completamente sola. Ahí estaba yo, enamorado de ella como un cretino, escuchándola hacerme esa proposición. Incluso pensé en que nos saliéramos del colegio antes de entrar a laboratorio de Física, a las doce, para tener más tiempo a solas; pero ella no quiso, dijo que no fuera impaciente. Desde que entré al colegio, hace casi tres años, me enamoré de ella tan grave, tan fuerte como sólo se enamora un chico de secundaria. Esperé tanto tiempo para acercarme a ella, para hablarle; trabajé tan lenta y cuidadosamente en la confianza, en la amistad y ahora, más de dos años después, ahí estaba a punto de perder con ella mi virginidad, con todo y mis catorce, casi quince años a cuestas. No dejaría que la impaciencia arruinara todo, podría esperar una hora más.

Cuando salimos de la clase de Inglés, ella se acercó a mí con toda la voluptuosa personalidad de una chica de quince años y me dijo muy bajo, al oído: «no va a haber nadie, completamente sola…», sólo eso fue necesario para ponerme la piel como de gallina. Se fue caminando con dirección al laboratorio de Física mientras yo me quedaba como un perfecto imbécil viéndola caminar. Completamente sola, era como una tierra prometida, una ilusión casi inalcanzable, un paraíso jamás comparable con cualquier satisfacción efímera, la perfección; la casa completamente sola era como una promesa impostergable, el sumo honor merecido. Claro que, a esa edad, poco hubiera sabido cómo aprovechar una casa completamente sola, una cama amistosa, pero lo importante no era eso, no era usarla bien o usarla mal, lo importante era poseerla, alcanzarla, conquistarla. Lo importante era estar los dos completamente solos en la casa, aunque después no supiera qué hacer, aunque actuara como un estúpido.

Cuando terminó la última clase, sentí que el corazón se salía a través del uniforme y las rodillas comenzaban a temblar. Ella me miró y sonrió, ya casi. En realidad, yo de sexo sabía sólo lo que me había contado el Méndez (él ya lo había hecho), la gran mayoría era una duda para mí; pero no importaba: la casa completamente sola era como una promesa, una promesa de que nada, completamente nada iba a salir mal, era como un cielo ganado a costa de sacrificios y oraciones y diezmos. Se acercó a mí y salimos del colegio, caminamos por la Calle Mayor al sur (siempre al sur) con rumbo a su casa. Durante el camino hablamos poco, sólo para comentar alguna tarea y de vez en cuando yo le preguntaba «segura que no habrá nadie?» y ella me decía «completamente sola…». Yo sabía que no habría nadie, pero le preguntaba nomás por puro hedonismo, para volver a escuchar la promesa de perfección, nadie completamente. Llegamos a la callecita de su casa, no había nadie; llegamos al zaguán, completamente solo; parados frente a la puerta, ni una sola alma.

Cuando entramos me quedé helado, inmóvil. Nunca la realidad había sido tan abiertamente decepcionante. Cuando entramos a la casi vi que era cierto: no había nadie, completamente sola. No estaba ella, ni siquiera estaba yo…

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