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El tiempo es eterno

abril 1, 2012 2 comentarios

Miró el reloj, las ocho en punto; el tiempo le parecía eterno, cada segundo se sentía como meses navegando sin un rumbo, perdido en el mar esperando el día de volver a tierra firme y reencontrarse con las personas y los lugares que se dejaron hace tanto tiempo y que siguen iguales, como si se hubiesen detenido en ese momento de la partida y estuvieran sólo esperando el regreso del viajero para seguir con el curso de su vida tan normal. Cualquiera podría pensar que es puro palabrerío, que debe ir al grano; pero él no lo haría, necesitaba irse por las ramas, divagar mucho para que pasara el tiempo, el cual le parecía eterno.

No quería mirar el reloj, sabía que no habría cambiado nada desde la última vez que lo consultó, pese a lo cual sentía que habían pasado horas. De pronto le pasaba que no sabía por qué le ocurría eso, por qué ese trabajo de telefonista lo hacía sentirse tan estúpidamente atrapado y tan rotundamente claustrofóbico; no creía que alguno de sus compañeros comprendiera mínimamente lo que él sentía, cuando volteaba a los lados veía que todo mundo cumplía con su trabajo sin problemas, nadie se quejaba, todos parecían resignados y contentos, aceptando a hombros encogidos esa rutina para él tan vacía.

De nada servía divagar, perder el tiempo, nunca pasaban más de dos segundos y seguía metido hasta el cogote en ese ciclo que comienza y termina con la misma pereza de siempre y que no parece tener la más pequeña intención de cambiar. Hasta este punto todos hemos notado que le gusta divagar, busca la manera más larga de decir las cosas y así es siempre, habla lento, escribe lento, se sienta blando en la silla a hacer los registros de datos de clientes esperando que avance el reloj y pueda largarse de ahí. Cada pequeña palabra que brotaba de sus labios estaba repleta de ese interminable sentimiento de hastío e indiferencia que lo inundaba a tal grado que era imposible que los clientes no se dieran cuenta que ahí había un hombre deprimido y enfadado haciendo un trabajo rutinario que no disfrutaba, con la cara amarga, los labios rígidos, vestido preferiblemente de gris o café y que temía mirar el reloj. Y en eso tiene razón, él teme, le aterroriza mirar su reloj de pulsera, pensar en la idea de consultarlo le resulta abominable porque ya sabe lo que va a pasar, sabe que sin importar nada, las manecillas seguirán inmóviles; la idea del reloj en la misma posición le hace temblar las manos de por sí ya trémulas y flaquear esa voz áspera de garganta seca. Terror, cada que pensaba en mirar el reloj, un sudor frío le recorría toda la frente.

Él trataba de huir, salía al baño (siempre cuidando de no mirar el reloj de pared), se levantaba a tomar más agua, alargaba las llamadas por una eternidad (si era posible, por dos eternidades), rogaba al cielo que ya terminara el suplicio, sentía que nunca iba a terminar la jornada y no terminaba de lamentarse por haber entrado a ese trabajo (autopatada en el culo).

Qué pasaría si de pronto se largara? Si solamente se levantara y se saliera y mandara todo al quinto carajo y nunca más volviera a ese lugar. Siempre le ocurre que se va en sus fantasías (practica que nunca ayuda suficientemente a pasar el tiempo), se pierde en el momento en que está más desesperado, casi todo el día lo transcurre en esa delgada línea que divide a un estornudo de la demencia total, la locura que consume completamente por dentro y hace que salte sobre las mesas y destruya las paredes y a los compañeros de trabajo y lance hojas al aire y patee teléfonos y supervisores por igual.

A fin de cuentas, miró el reloj: ocho quince, ya era un avance, apenas hace un año el reloj marcaba las ocho en punto y el tiempo le parecía eterno…

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